HAY DOS perspectivas diferentes para acercarnos a la guerra, a cualquier guerra. Según la primera, la humanitaria, todas las guerras son horribles. En todas hay destrucción, muerte y sufrimiento, sin que sea posible distinguir, en medio de tal conjunto de desastres, la justicia o la injusticia de una causa. ¿Dónde estaban, si pudiera decirse de ese modo, los buenos y los malos cuando desembarcaron en Normandía las tropas aliadas? ¿No eran todos, soldados aliados y soldados alemanes, víctimas por igual de la sobrecogedora injusticia de la guerra? Y, sin embargo, cualquiera sabe que esa perspectiva humanitaria, con ser indispensable, no resulta, por desgracia, la única posible para enfrentarse con la pesadilla de las guerras. Sí, cualquiera sabe que mientras los soldados aliados luchaban en la Segunda Guerra Mundial por la libertad frente al nazismo, sus enemigos defendían (fuera esa o no la voluntad de cada uno) un sistema totalitario que estaba cometiendo las mayores atrocidades hasta entonces conocidas en la historia. Y, porque lo sabemos, somos conscientes de que, en efecto, hay guerras que están, pese a su horror, justificadas. Su justicia o injusticia no depende, de hecho, de su horror, aunque el horror pueda, llegado el caso, por sí mismo, convertir en injusta la más justificable de las causas. No estará de más recordar lo que antecede en estos tristísimos momentos para todos, cuando la muerte reciente de siete militares españoles podría llevarnos a pensar que es en ese terrible acontecimiento donde se encuentra el centro del debate sobre el mantenimiento o no del despliegue en Irak de las tropas españolas. Pues, por duro que pueda resultar, en verdad que no es así. O nuestra participación en Irak esta justificada, caso en el cual habrá que arrostrar los costes que la misma signifique, mientras se considere oportuno estar allí. O no lo está, con independencia de que haya o no haya bajas, aunque todos deseemos con sincero fervor que nos las haya. ¿Debemos seguir en Irak? Ésta es, sin duda, la pregunta. Una pregunta sencilla que exige, no obstante, una respuesta complicada: pues al igual que hoy sabemos que nunca debimos haber entrado en una guerra absurda cuya necesidad quiso justificarse sobre un montón inmenso de mentiras, sabemos también que el coste humanitario y político-estratégico que tendría dejar a su suerte a los castigados iraquíes sería catastrófico. Por eso quizá no cabe exigir ahora mucho más que lo que ayer pedía responsablemente Rodríguez Zapatero: que «ojalá puedan venir nuestras tropas cuanto antes». Al Gobierno corresponde transformar ese deseo en una auténtica política de Estado.