La guerra mata

OPINIÓN

CONVIENE que no perdamos el tiempo en lamentos y condenas. Sólo los descerebrados pueden permanecer impasibles ante el asesinato infame y cruel. Pero la solidaridad, el dolor y la tristeza, que han quedado manifiestamente claras, no deben extraernos de la realidad. Y de decir que la muerte de siete españoles en Irak no sólo pudo haberse evitado, sino que también debe de servir para recapacitar y enmendar. Teníamos entendido que las tropas españolas estaban en Irak en misión humanitaria. Alguien deberá de explicarnos por tanto la labor que desempeñan agentes secretos en este menester. También deberíamos discutir si es terrorismo la reacción de un pueblo ocupado militarmente. Pero si despedimos a cada víctima de ETA pidiendo que sea la última, porque alguien tenga la capacidad de rectificar, bien está que lo hagamos en esta ocasión. Los mismos que en el Parlamento, puestos en pie, aplaudieron la muerte dicen ahora que España está donde tiene que estar. Quizás para excusarse ante sus propias conciencias. Aunque el 85% de los españoles sigue declarándose contrario a la intervención. Y lo aseguran pese a reconocer que se han cometido errores y que en algunos lugares la situación es peor que con Sadam. Que sigue sin aparecer. Como las armas de destrucción masiva. Los lamentos, las condenas y los pésames han de venir acompañados de reflexiones y rectificaciones. Porque todos éramos conocedores de que situaciones como la ocurrida, antes o después, eran inevitables. Por eso tratar de ver ahora la atrocidad de Mahmudiya con resignación es de una ceguera inadmisible. Tenemos que ser conscientes de que la guerra no es el juego de la oca. La guerra es el horror. Es la destrucción del ser humano. La monstruosidad, la infamia y la crueldad. Y sobre todo, la guerra, como el tabaco, mata. Antes o después, pero mata.