ESTAR ENTRE los lucenses del año es un privilegio y un honor. Me hace feliz. Compensa los años vividos lejos de la tierra, entre violencia, renuncias y presiones, por haber elegido el camino de la dignidad ciudadana y la libertad. Pero, por encima de todo me da la razón, al haber ejercido, siempre, de gallego de Lugo; hasta el punto de ser así como me señalaba un tal Arzalluz cada vez que se enfadaba con mi proceder en la política vasca. La gran tragedia del País Vasco es que muchos de los protagonistas no tienen a dónde ir; bien por ser paisanaje del paisaje vasco, bien por haber perdido sus señas de identidad y lugar de pertenencia. Cuando las cosas iban mal, solía dormirme con los ojos abiertos en cualquier lugar, y trasladarme con la mente a mi comunidad de origen, a la ciudad de la muralla, a A Mariña más al norte de la Península, entre playas, faros y los recuerdos de los amigos con los que compartí pupitres, equipo de fútbol o noches de romería. Los recuerdos son el patrimonio del ser humano, por muy pobre o desgraciado que se sienta. Los sueños de esperanza son la razón última para aguantar y seguir en la pelea, aunque parezca que nunca termina y dudemos sobre quién ganará. Cuando recoja la distinción de los medios de comunicación lucenses, me sentiré profeta entre los míos; y especialmente agradecido a los que me han acompañado en la larga marcha del País Vasco, y a quien me ayudó para que regresara, de una vez por todas, incluso enfadándose una mañana de septiembre del 2002, para luego tratarme como a un hijo. Cuando regreso, de vez en cuando, al otro extremo del norte de España, procuro ayudar; pero reconozco que ahora mi mente y mis maneras se han hecho gallegas de casa, que no son las mismas que las de la emigración. Quizá por esto y por no saber hacer otra cosa más que trabajar, intento darle a mi tierra y a mi gente, de aquí, todo lo que aprendí mientras buscaba la oportunidad de reencontrarme con mis raíces. Confío en evitar, con mis fuerzas y mi experiencia, que en Galicia suceda nunca lo que sucede en Euskadi. Deseo que trabajemos, los habitantes de esta provincia lucense, para que nunca más un gallego tenga que hacer las maletas por necesidad o contra su voluntad. Debemos hacer posible el regreso de los que se tuvieron que marchar. Tenemos la obligación moral de contribuir a la paz y la democracia en cualquier lugar del mundo, donde pueda haber un solo gallego.