Te doy dos leches

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |

27 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

LUIS Tosar es aún más cejijunto, casi unicejo de violencia, en su papel de maltratador en Te doy mis ojos. Ella, Laia Marull, luce un tic, el tic de los golpes, en sus ojos. Es todo lo que ha llorado. La chica sostiene ella sola el filme. Iciar Bollaín hace una película necesaria, un poco teleserie como casi todo el cine español, pero necesaria. Impresionante la terapia de grupo. Es lo más real, una terapia de grupo que ya son cuerda de presos, presos de su ira, de su baja estima, una estima que sólo sube con los grados del alcohol. El maltrato es un drama. Está muy bien que Iciar Bollaín no llene la pantalla de golpes para contar todos los golpes del maltrato. No se necesita un negrón para contar el marrón de estar casada con una bestia, de estar cazada por una alimaña. La película tiene los silencios elegantes del cine de Iciar, contar sin contar y contar más. El niño que huye, que no quiere ver, que se refugia en el refugio atómico de la casa de su amigo, la play en casa de su amigo, justo cuando las palabras suben al tono de los insultos. Claro que son criminales, el código penal siempre llega tarde, pero llega. La película de Iciar lo recuerda, para que no se nos olvide. Paz doméstica no es domesticar a golpes a la mujer. Muchos, demasiados, aún no lo saben. cesar.casal@lavoz.es