Cuentos georgianos

| PABLO GONZÁLEZ MARIÑAS |

OPINIÓN

COMO en toda tierra de transición, en Georgia no cabe otra política que la de buscar alianzas con quien pueda aportar protección frente a enemigos exteriores. Los turcos se la repartieron en varias ocasiones y ya entonces, en pleno siglo XVIII, hubieron de ponerse bajo el amparo de los rusos, que al menos profesaban su misma religión. Cuenta la historia que, después, Heraclio se declaró vasallo de Catalina II y que, poco más tarde, Jorge III cedió todos sus Estados, reunidos desde 1802 en el Imperio ruso. Ya en tiempos presentes Shevardnadze tuvo también que acudir a Rusia en demanda de ayuda para detener la ofensiva del derrocado Zviad Gamsajurdia. Georgia obtiene apoyo también de los EE.?UU., que quisieran estabilidad en una zona de gran valor estratégico. Pero la historia, «esa trampa secreta de la que estamos hechos», se repite, contumaz en el conflicto siempre abierto, y esta vez con la vecina Turquía convertida en un auténtico polvorín.