LA CONSTITUCIÓN está de moda con motivo de sus próximos veinticinco años de vigencia. Dentro de la historia de España tiene una personalidad singular. Fue como el sello solemne de una reconciliación. Sin la historia lejana no se entiende alguna de sus piezas fundamentales, como la Corona. Tampoco sin la inmediatamente anterior. La Constitución de 1978 vino a superar el enfrentamiento de una guerra civil y a cerrar una etapa abierta con ella. La Constitución nacía con el propósito de enterrar definitivamente las dos Españas . El pluralismo político de entonces no era menor que el de ahora. Quizá era más intenso al venir marcado por la incertidumbre del estreno democrático y las secuelas del período anterior. Y, sin embargo, los recelos y las inquietudes, en su mayoría, quedaron superados en el texto constitucional, que refleja renuncias y aceptaciones encomiables. ¿Por qué, consolidado el sistema con alternancias en el Gobierno, se ha enrarecido la atmósfera constituyente? Cierto que vivimos en un continuo proceso electoral. Pero eso, que responde a la normalidad democrática, no debería viciar el ambiente. Estamos asistiendo a una amplia y progresiva radicalización con diferentes grados y escenarios. Desde la descalificación en el lenguaje hasta la concepción misma de la estructura del Estado. Se asoman dicotomías que se ofrecen a la ciudadanía como dilemas a los que se reduce el pluralismo de las opciones. La ciudadanía se siente obligada a elegir entre una u otra alternativa. El campo de juego se estrecha en virtud de esa estrategia. En ese ambiente resulta normal, independientemente de su legitimidad, que el único planteamiento electoral sea o mayoría absoluta del PP o coalición, más o menos formalizada, de los demás partidos políticos. Todos contra el PP o sin el PP, como en la propuesta de ERC en Cataluña, o como está planteado en el Ayuntamiento de Vigo, o en una escala mayor para el gobierno de Galicia o como podrá ocurrir en las próximas elecciones generales. Para perplejidad de la ciudadanía, esa regla no rige para el País Vasco. Aquí se ha fraguado la polarización de nacionalistas y constitucionalistas, con una dinámica de más amplio alcance que tiende a distanciar lo vasco y lo español. ¿Cómo se ha llegado a la situación actual? ¿Es realmente mejor que la de hace unos años, cuando el PNV gobernaba con el PSOE y votaba, como los catalanes de CIU, con el PP en Madrid? Más allá de los rendimientos electorales que puedan derivarse para el actual partido en el Gobierno como resultado de una complicada -y a mi juicio arriesgada- partida de ajedrez en busca de la mayoría absoluta en marzo, la cuestión es de la suficiente envergadura para que se reflexione de cara al futuro. Ayuda traer a este presente el pasado que nos recuerda la tragedia vivida por tantos hombres y mujeres que, participando de convicciones comunes sobre la sociedad, se vieron enfrentados bélicamente -gudaris y requetés- o sufrieron sus consecuencias por discrepar acerca de la estructura del Estado. Por fortuna, ya no tiene sentido la «España roja o España rota» de José Calvo Sotelo. Y no creo prudente revivir, ni siquiera dialécticamente, la «España arisca» y la «España dócil» de Ortega y Gasset. ¿No estaremos yendo río arriba de la Historia en vez de avanzar y desandando así el camino iniciado en 1978? Ahondar en lo que es -y debe sentirse- común por quienes ejercen responsabilidades públicas es tarea hoy especialmente necesaria. ¿Era obligado incrementar la tensión con motivo de las elecciones en la Federación Española de Municipios? ¿Sólo es posible la confrontación, aunque sea legítima? «Dar al encuentro y la coincidencia una oportunidad», podrían cantar los ciudadanos espectadores. A ello invita la Constitución, la misma que reconoce el pluralismo en un Estado social y democrático de Derecho. Su artículo segundo contiene un proyecto a realizar: una patria común, donde todos los españoles convivan cómodos, sin etiquetas excluyentes, en una gran empresa de integración. En esa atmósfera nació la Constitución. Sigue siendo válida veinticinco años después.