El PP y la mano que mece la cuna

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

25 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

QUE FRANCISCO VÁZQUEZ haya alcanzado la presidencia de la FEMP es una buena noticia para todos. Lo es, desde luego, para el Partido Socialista; lo es también para A Coruña, y, por extensión, para los restantes ayuntamientos de Galicia; y lo es, en fin, para nuestro municipalismo, que Vázquez representa como pocos alcaldes en España. Aunque parece evidente que dentro de nada se habrán olvidado las tristes circunstancias en que se produjo su elección, lo es también que aquéllas han sido la expresión quintaesenciada de un hecho, por repetido, de extraordinaria gravedad: que el Gobierno se enfrenta al más vidrioso de los problemas españoles -el de la articulación territorial- como si sus responsabilidades fueran equiparables a las de la oposición. ¡Y vive Dios que no lo son!. De hecho, tales responsabilidades resultan por definición incomparables. Los gobiernos, y los partidos de gobierno, tienen un plus de deberes que determinan su margen de actuación y los obligan a no hacer cosas que, siendo graves en la oposición, son sencillamente delirantes cuando se tiene la dificilísima obligación de gobernar. Es suficiente a ese respecto con fijarse en la actuación del PNV y de Ibarretxe, cuya política constituye una prueba lacerante de como la irresponsabilidad de los gobiernos suele terminar saldándose con consecuencias desastrosas para las sociedades que dirigen. La que hoy gobierna el Partido Popular debe hacer frente al desafío más trascendental de todos los que la democracia española ha tenido que encarar: el de la presión de los nacionalismos independentistas y, muy especialmente, del que administra el País Vasco. Un desafío éste de tal envergadura que encararlo restando y no sumando constituye un auténtico suicidio. Y ese, el de restar y no sumar, fue el brillante desenlace de la increíble decisión del Partido Popular de presentar una moción en defensa de la Constitución y en contra del plan secesionista de Ibarretxe sin haberla negociado previamente. Increíble, sí, pues lo que está en juego es tan importante para el futuro de nuestra convivencia democrática que permitirse jugadas de partido en este ámbito resulta mucho más que intolerable. Resulta vergonzoso. La metáfora de la mano que mece la cuna es muy útil para expresar las responsabilidades que tienen los gobiernos (y sus partidos) con las sociedades que dirigen. Pues bien, desde hace meses parece que el PP hubiera decidido enfrentarse a la cuestión territorial no con la prudencia de la mano que mece la cuna, sino con la temeridad de quien la sacude con todo su vigor, sin importarle un pito que se descalabre la criatura.