HACE UNOS DÍAS que regresé de Argentina, adonde viajé para participar en unas jornadas organizadas por la Asociación Síndrome de Down del país. Mi estancia allí, aparte de un pequeño oasis primaveral, tanto por la estación del año como por la calidad humana excepcional de mis anfitriones, provocó en mí una serie de reflexiones que me atrevo a expresar en voz alta. Lo que se tiene se puede perder. Esta sería la primera reflexión. Parece una chorrada, una obviedad, pero precisamente las ideas más evidentes en ocasiones son las menos valoradas. A veces tenemos un cierto sentimiento de omnipotencia, más propio de la edad infantil que de los adultos: nunca nos va a pasar a nosotros, que somos los más listos y los más guapos¿ Pero la realidad es muy rebelde y caprichosa, y nos enmienda la plana. Las conquistas sociales, económicas, políticas, también los logros personales y familiares, se pueden perder si no somos prudentes y eficaces en su gestión. Segunda idea: lo absolutamente imprescindible que resulta una ética pública vigorosa que sustente la vida de los Estados. El problema argentino, en lo que pude comprobar, es un problema moral, en el doble significado de la palabra: ha habido (y hay) un clima de corrupción (todos metieron mano en el cajón) y esto ha generado una desmoralización general de la ciudadanía, una pérdida de esperanza en el futuro, una especie de fatalismo por el que nada va a cambiar. Y, sin embargo, tienen todos los elementos necesarios para una relativamente rápida curación, porque tienen recursos y tienen un magnífico capital humano. La honradez, al igual que cualquier otro valor ético, se aprende y se enseña. Me viene a la memoria el ejemplo de la manzana podrida, que tantas veces oí en el colegio; pues bien, démosle la vuelta a esta idea: hay que colaborar con las propias actitudes rectas al contagio de la sociedad que nos rodea. De esta manera estaremos construyendo un futuro de bienestar para todos, en paz, democracia y tolerancia, que es la única idea de progreso que yo entiendo. Ojalá los argentinos sepan dar los pasos necesarios para ese reame moral. Mientras tanto, no olvidemos que antes fuimos nosotros los emigrantes a su tierra, que nos acogió y nos dio la posibilidad de tener un futuro propio, a nivel personal y familiar, pero también a nivel social.