CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |
23 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ESPAÑA se queda en los huesos de los castellanos viejos, en las dos Castillas, de las vidrieras de León a la planta de Repsol en Puertollano, y si tal en Cantabria, por aquello de que algún rey tomaba los baños de mar por allí. Así va el disparate nacional. A España no le va a quedar ni la bata de cola de lunares, la peineta y las castañuelas andaluzas, sin las cuales no se comprende. Ahora lo estético es no mirar al centro ni en los partidos de la selección, que era lo único que nos unía. Menudo lío. De nada sirvió descentralizar Madrid, cuadriplicar funcionarios y cargos, cada uno en su taifa, en su finca; de nada sirvió o ayudó mucho a que el falso puzzle saltará por los aires. Saben aquel que diu: les das la mano, cogen el brazo y luego la cabeza de la Constitución. Los que vamos a sentir más pena somos los que estamos en tierra de nadie, los que creemos en las Españas, que somos unos cuantos. Los que nos sentimos vascos y españoles, catalanes y españoles, gallegos y españoles, y tan contentos. ¿Qué van a hacer con nosotros? ¿Podemos seguir viendo los partidos de la selección? ¿Podemos emocionarnos con la lectura de Quevedo y de Bernardo Atxaga al mismo tiempo? ¿Nos van a cortar una mano para identificarnos? cesar.casal@lavoz.es