Siempre nos quedará Madrid

| PEDRO ARIAS VEIRA |

OPINIÓN

22 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EL NACIONALISMO y el localismo son actividades muy rentable. Casi todo es ingreso y apenas hay coste. El sistema fiscal se diseñó irreflexivamente para que medraran por doquier. Todos a gastar y nadie a recaudar de forma transparente y perceptible. Un chollo. Además se ajusta al primitivismo de que lo mío es lo más importante. El interclasismo perfecto para los inmediatistas de todas las condiciones y edades. Por su parte, los aspirantes a nuevas élites de poder propias, descubrieron que el terruñismo era una barrera privilegiada contra la competencia exterior. Gracias a subvenciones, racalificaciones y apaños surgieron ciertos empresarios impensables; también algunos intelectuales, profesionales y artistas que solo por expresarse en la lengua oprimida o por glosar los eventos del lugar, alcanzaban renombre que nunca adquirirían en la competencia leal de un mercado español abierto. Hubo un tiempo que teníamos a España, una nación cainita, quejumbrosa y siempre en decadencia. Pero habitada por gente con la que uno se entendía, para bien o para mal, al primer encuentro. Se podía lamentar con León Felipe que uno no tuviera realmente una patria, sentir como Machado que una de las dos Españas nos helaría el corazón, o compartir con Valle su ridiculez esperpéntica. Pero pocos dudaban de la existencia de España, nosotros mismos encarnábamos su evidencia. Y aunque Tejero y Carrés blasfemaran con su nombre, había héroes anónimos masivos que la fecundaban sin descanso. En ninguna parte se sentía España como en Madrid. Sus señas de identidad las definía precisamente el relativismo localista, la soportable levedad del origen territorial. Madrid era la identidad de identidades, la disolución de primitivismos en aras de un proyecto común de nuevo futuro. Para la ciencia, la cultura, la política y la economía, Madrid ha sido la gran ciudad abierta para todos los españoles. Pero desde la llegada de la democracia se personificó como el emblema del centralismo, el epicentro explotador de las periferias, el Leviatán a batir. Tuvo sus enemigos interiores, sus caballos de Troya que, en nombre de los grandes principios, instalaron la especulación y los mercadeos más mezquinos. Pero su fuerza vital podrá contra todo. Entre el oportunismo separatista de estos momentos Madrid destaca por haber elegido a una mujer presidente que se propone bajar los impuestos y combatir la especulación. La primera es ya meta importante, pero la segunda encierra el desafío de toda una nueva Transición, desde la corrupción hacia la regeneración de todo el país.. Si fracasa será el triunfo definitivo del cinismo político democrático, el final del idealismo español, de la intrahistoria común. Pero Esperanza Aguirre inspira confianza. Si bien de alta cuna, pertenece a la ilustración liberal española y posee el carácter fuerte de una mujer del pueblo. Ella es ahora el mascarón de proa de España. En los momentos más difíciles siempre nos quedará Madrid.