CADA DÍA se producen en las Administraciones españolas unos 300.000 fraudes en el acto de fichar. Se trata de funcionarios que, previendo que van a llegar tarde al trabajo, o que van a salir un poco antes para descongelar las lentejas, le dejan la tarjeta a un compañero para que fiche por ellos. A su favor debemos decir que esos 300.000 funcionarios no son siempre los mismos, que han interiorizado la idea de que los relojes de control sólo sirven para disimular la ineficiencia de los directivos, y que, lejos de haber un núcleo de vagos que se contrapone a otro de responsables, la corruptela de la ficha está organizada en turnos que funcionan con precisión alemana. Cada funcionario sólo llega tarde uno o dos días por semana, según los negociados, y sólo ficha por otro compañero un número de veces igual al que ficharon por él. Y por eso resulta tan difícil detectar este carpetovetónico fenómeno como encontrar un funcionario que fiche honradamente a diario. También conviene recordar que las grandes empresas privadas no lo hacen mucho mejor, que sólo se libran del bochorno los que trabajan en pequeñas unidades o destinos especiales, y que sólo podemos tirar la primera piedra los que tenemos la suerte de no fichar, por lo que bien podemos decir que el fraude de ficha es un secreto a voces, que todo el mundo tolera, que está tan integrado en el sistema como el café de la mañana. Algo así debió pensar Mayor Oreja cuando le dejó a Iturgaiz su tarjeta personal de votación para que contabilizase una presencia trampa en el Parlamento de Vitoria. Y algo parecido debió pensar el propio Iturgaiz cuando, después de fichar por su compañero ausente, se le vino a la cabeza la frase que todo lo explica: «Hoy por ti, mañana por mí». Pero ya se sabe que el diablo no duerme, y por eso estaba allí, disfrazado de cámara, para dejar constancia inexcusable de una travesura menor que parece destinada a batir el récord de reposiciones en los reality shows de la televisión basura. Por si usted no lo sabe, le diré que estas cosas pasan en las mejores familias, y que no haríamos mal en ponernos de acuerdo y, lejos de abusar de la anécdota, perdonarle a los dos diputados su leve pecadillo. Pero se da la casualidad de que tanto Mayor Oreja como Iturgaiz se han convertido en los principales inquisidores de la dignidad parlamentaria, atribuyéndose a sí mismos el rigor y la honradez democrática que les distinguía -¡vaya por Dios- del pérfido Atutxa. Y por eso no les va a librar nadie del bochorno del cazador cazado, del inquisidor brujo, o del bombero pirómano. Porque ahora ya sabemos todos en qué consiste, y hasta donde llega, la dignidad parlamentaria.