El recuerdo de Kennedy

OPINIÓN

JOHN F. KENNEDY fue en realidad un pretexto: nuestro pretexto para sentirnos más orgullosos de nosotros mismos, más a gusto, más hermosos e incluso mejores. Él supo sembrar esperanzas y generar ilusiones al convocarnos a todos a avanzar con paso firme hacia una nueva frontera. Muchos jóvenes de entonces le debemos la buena imagen que todavía hoy tenemos de aquella etapa de nuestras vidas. En España estaba el franquismo, cutre y oscurantista, pero sabíamos que en el mundo, en nuestro mundo occidental, alumbraba un nuevo rey Arturo desde su fastuosa Casa Blanca de Camelot. Y porque se nos hacía ver que era así, todo era posible, también aquí. No era un dios, pero nadie le pedía que llegase a tanto. Bastaba con que pareciese un nuevo tipo de político y de hombre. Ni siquiera necesitábamos que lo fuese de verdad. Su imagen vitalista y rozagante, y su discurso, que sonaba innovador, sincero y comprometido, era todo cuanto necesitábamos, es decir, todo cuanto necesitaba el mundo. Kennedy fue el principio del fin de todo lo viejo y caduco, aunque después de su muerte todo lo viejo y caduco le zurrase la badana. Estos días algunos han querido comparar su período en la Casa Blanca con el actual de George Bush para hacer visible la enorme diferencia, la inconmensurable distancia. No era necesario. Kennedy encarnó una esperanza, mientras que Bush protagoniza sólo una torpe y mal disimulada desesperación. Nada que ver. Sin embargo, el espíritu de la nueva frontera sigue ahí. Clinton conectó con él, se benefició de su sombra, aunque sin la proyección necesaria. Bush, en cambio, empieza a padecer su acoso. El mundo ya no puede ser más que de un modo, y ese modo no lo decidirán las armas, por muy sofisticadas que sean. Mañana, sábado, se cumplen 40 años del asesinato de Kennedy en Dallas, y su nombre todavía representa un sueño. Las críticas, justas, que le han llovido no han hecho más que humanizar su figura. Ni dios ni diablo, sólo fue un presidente que mantuvo un hermoso idilio con su país y con el mundo. Algo no abatible por las balas. El recuerdo de Kennedy es aún un buen símbolo de un compromiso con el futuro.