NO SE ENTIENDEN muy bien las primeras palabras de satisfacción del PP por los resultados de las elecciones autonómicas catalanas. Parecen en la línea del «quédeme yo ciego si le saco un ojo al adversario». El PP ha sido relegado a la cuarta fuerza política, casi testimonial, aunque no se sabe muy bien de qué testimonio, sin influencia en la gobernabilidad y sólo con alguna importancia en la antes cosmopolita Barcelona y en la industrializada Tarragona. El partido socialista, que en este caso no es ni obrero ni español, ha visto frustradas sus expectativas de poder. Probablemente como castigo de la parte de su electorado que no desea mensajes propios del nacionalismo, tanto del separatista como del federalismo injusto o asimétrico. La realidad es que los resultados son harto preocupantes para la suerte de España y del sistema democrático, pues a la rebelión de los sabinianos vascos se pueden unir ahora los catalanistas. La deriva nacionalista de Zapatero se está viendo que no da buenos resultados ni al PSOE, que debería ir pensando en su refundación en Cataluña, País Vasco y Galicia, ni a España. Pero los sistemas autonómicos refuerzan el clientelismo a lo PRI, y dificultan alternancias razonables con lo que ello representa de funesto para la calidad de la vida democrática. El auge del incoherentemente llamado Izquierda Republicana de Cataluña, un partido separatista, cuyo líder, que tanto recuerda a Le Pen, se emociona porque le felicita la extrema derecha vasca de Ibarrretxe, no puede traer nada bueno ni para la España liberal ni para una hipotética República democrática tal como la entendían Azaña o Castelar. No en balde la primera propuesta de este glorioso partidario de la anexión a los Países catalanes de medio Mediterráneo, este Le Pen amb tomaquet, haya sido crear un gobierno de concentración nacional para aislar al PP y a España de la Cataluña oficial. En fin, se empieza transfiriendo las competencias sobre educación y luego no es de extrañar que crezca el fanático fundamentalismo nacionalista.