La historia se repite

OPINIÓN

19 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

«DE PRONTO oyó sus pasos lentos y pesados sobre las escaleras de madera. Aún no eran las nueve de la noche y ya estaba de vuelta. Mal asunto. Hoy el dinero no le había llegado para cogerse una buena borrachera así que lo pagaría con ella. ¡Y todavía no había dado de cenar a los niños! »Gritó su nombre varias veces pero ella no se inmutó. Siguió removiendo con energía el tenedor de madera como si, con el movimiento, pudiera mantenerlo alejado de ella. Las papas ya estaban listas, así que sólo era cuestión de minutos que los niños se las comieran y se fueran a dormir. ¡Demasiado justo pero tenía que intentarlo! Una cosa era que le pegara a ella y otra que se atreviera a tocar a los niños. »No habían transcurrido ni dos minutos cuando comenzó a bramar desde la entrada exigiendo la cena. Ella hizo como si no le hubiera oído entrar y permaneció delante de la cocina. Sintió cómo se aproximaba y volvía a gritar que tenía hambre. Su corazón latía tan fuerte que temió que se saliera de su pecho. No se movió intentando fundirse con el mobiliario y hacerse invisible. No lo logró. Él la cogió por el brazo y la apartó del fogón con brusquedad haciendo que se golpease con la alacena. Llorando por el dolor intentó explicarle que iba a darle la cena a los críos y después se la prepararía a él. No le convenció, así que le cruzó la cara. Ella miró hacia el fogón. Las papas hervían y amenazaban con salirse de la sartén. Se levantó del suelo sintiendo el sabor salado de la sangre en los labios. Sin pensárselo dos veces cogió la sartén por el mango y le echó las papas hirvientes sobre la cabeza». Aunque pudiera ser la historia de una de esas mujeres maltratadas que engrosan las estadísticas, es la transcripción de un hecho que tuvo lugar hace setenta años. Parece mentira que, en siete décadas, las cosas hayan cambiado tan poco, pero, lo cierto es que las esquelas de las mujeres que mueren a manos de sus parejas hablan por sí solas. Cuando se repiten los patrones de violencia transmitida de padres a hijos, las medidas de protección son un recurso pero, no la solución, porque no siempre se aplican y cuando lo hacen puede ser demasiado tarde. Educar en el respeto y la igualdad mostrando el crudo resultado de la violencia es lo único que puede servir para prevenir y no lamentar.