TENÍAMOS un problema y ahora tenemos dos. Eso es lo que debió de pensar Aznar en la noche del domingo . Él, responsables del PP y muchos españoles, al conocer los resultados de las elecciones catalanas. Artur Mas acertó a resumirlos en una sola frase: «Hay una mayoría nacionalista sólida, para todos aquéllos que quieran tomar nota». Bien, pues hay que ir tomando nota de lo que se atisba en el horizonte. Algunos más que otros. Lo que Cataluña nos va a poner encima de la mesa en los próximos años son sus relaciones con el Estado, a través de la reforma del Estatuto, que no olvidemos va a ser avalado por 150 de los 165 diputados del Parlament. Lo que nos van a mostrar son las ansias soberanistas de algunas de las tendencias que gobernarán a los catalanes. Y el nuevo modelo de Estado que pretenden. Es difícil cuando aún no se conoce el pacto de gobierno predecir las relaciones y el nivel de confrontación que tal reforma puede ocasionar. De forma especial porque nos va a llegar en el momento de mayor tensión entre el nacionalismo vasco y el Gobierno central. Entre el Gobierno central y cualquier tipo de nacionalismo. Porque sólo la obcecación y la falta de diálogo de unos y también de los otros, ha conducido a esta situación en la que ahora cualquier salida parece inalcanzable. Desde un púlpito periodístico ya se vaticinaba ayer que los próximos cuatro años van a ser malos para España. Depende. Depende de cómo queramos afrontarlos. Lo serán si lo hacemos con exabruptos, descalificaciones y falta de diálogo. Pero el PP ha demostrado en tiempos recientes que sabe entenderse a la perfección con los nacionalismos. Y Rajoy, porque a la vista de la descomposición del PSOE será Rajoy, tiene la obligación de afrontarlo con serenidad y afán integrador. Y no echar más gasolina a las brasas.