Y Vigo, ¿qué?

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

15 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

VIGO MIRA al norte, mira bien al futuro. No recibe rayos que la deslumbren, porque el sol gira a su espalda dando a su azul natural marítimo un brillo metálico industrial. Estaba llamada a ser la Barcelona atlántica. Cambió con un esfuerzo sobrehumano su perfil fatigado del viejo industrialismo por uno nuevo, tenaz y próspero, que se refleja en un crecimiento desarticulado, que remodeló implacablemente las perspectivas y chaflanes del proyecto burgués, creciendo hacia el mar en sucesivas tongadas de relleno y tapizando su orografía con miles de habitáculos diseminados. En Vigo parece que el diálogo tropieza con una dificultad insalvable, ya que la política se muestra como bravo ejemplar de lo urbano que tiende más a la contienda que al acuerdo, más al cara a cara que al hombro con hombro. Quizá responde esto a su geometría de teatro griego, como un Epidauro atlántico donde la escena es el propio mar y los ciudadanos, asentados en las laderas, puedan sentirse espectadores y asistir con cierta preocupación al destino ineludible que día a día se representa ante ellos. Pero Vigo no es así. Es la urbe más dinámica de Galicia y no puede permitirse seguir dramatizando la cosa pública, porque su responsabilidad con sus ciudadanos y con los gallegos no admite dilaciones y tiene muchos frentes abiertos. Desde liderar con imaginación una metrópoli de cuatrocientos mil habitantes hasta ser, en representación de la comunidad gallega, motor, cabeza y pulso de una eurorregión de seis millones de personas y cincuenta mil kilómetros cuadrados, codeándose de tú a tú con Oporto. Desde dar el impulso definitivo a su plan estratégico y a su plan general hasta encauzar con los otros agentes responsables el difícil concierto entre el mar y la población. Desde restaurar y rehabilitar su diezmado patrimonio para activarlo como atractivo cultural y turístico hasta comprometer a la Administración del Estado y a la Xunta para acometer de inmediato la ejecución de infraestructuras de alto nivel. Desde proyectar el potencial investigador de su Universidad hasta coordinar sus innovadores equipamientos culturales, inaugurados en la anterior legislatura, con los programados y construir un palacio de congresos y auditorio acorde con su ámbito eurorregional e imbricado en un complejo tejido urbano. Es difícil, por ello, entender que en la Praza do Rei sigan enzarzados en cuestiones de menor calado, mientras los ciudadanos pierden capacidad de ilusión y la empresa -que salva los obstáculos porque arranca todos los días en marcha potente- demanda un nuevo contexto político, social y económico que multiplique su capacidad. Si Vigo opta electoralmente por la biodiversidad, lo que se espera de los elegidos es un equilibrio ecológico. Entre tanto desencuentro, hay que repetirles cada día la misma pregunta: y Vigo, ¿qué?