Colombia tiene solución

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

13 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

COLOMBIA registra datos espeluznantes de crímenes por metro cuadrado, y sin embargo uno cree que en aquel querido país es posible la paz. Colombia está agujereada por la narcoguerrilla como forma de vida y a pesar de ello los colombianos mantienen una dulce alegría que resulta contagiosa. Colombia se desangra por el terrorismo polimórfico, y sin embargo hay una buena porción de empresarios capaces de asumir riesgos, con enorme iniciativa y con gusto por las cosas bien hechas. Colombia, en fin, tiene una porción de su territorio -semejante a la que constituye Extremadura en España- controlada por los oficinistas del terror, pero es una democracia hasta el punto de tener un Gobierno de centro derecha en el país y un Gobierno de Bogotá, la capital, controlado por la izquierda radical. Enamora Colombia al primer toque. Atrapa y engancha un país poblado de ciudadanos que hablan el español mejor que nosotros, que te saludan con toda amabilidad y en tres peldaños de creciente interés: cómo has estado, cómo estas, cómo va todo; y que cualquier cosa que te piden -una firma, un vaso, un bolígrafo-, la formulan en régimen de regalo. «¿Me regala una firma?», suelen decir con una dulzura cotidiana que enamora. Lo cierto es que incluso en el horror hay grados y desde que ha llegado a la presidencia del Gobierno Álvaro Uribe, ha disminuido el número de asesinatos -todavía son más de 30.000 al año-, se han cortado en seco las tomas de pueblos por parte de los narcoterroristas, hay menos secuestros -todavía en torno a los 3.000 al año- y, a pesar de los elefantiásicos datos, lo cierto es que los colombianos respiran hoy un aire de optimismo que antes no tenían. Por primera vez el Gobierno da la sensación de que aplicando la ley, evitando las concesiones y clausurando la perniciosa teoría del contexto -según la cual nadie es culpable de nada porque todo es muy complejo y hay que analizarlo con detalle-, se achican los espacios de los terroristas, se vigoriza el espíritu democrático de quienes sufren a diario el terrorismo y se avanza en la solución de un problema colosal que ha engordado de forma irresponsable con el paso del tiempo. En Colombia hay, al menos, tres grupos guerrilleros que han hecho del narcotráfico una forma de vida y que, en el caso de las FARC, está liderado por un individuo que por edad, casi setenta años, debería estar jubilado en Benidorm y no pastoreando odios por las húmedas montañas de la sierra colombiana. Las autodefensas, que surgen como reacción igualmente terrorista al terrorismo de la narcoguerrilla, están también pringadas por los negocios del narcotráfico. Otro dato esperanzador es que estos grupos están empezando a desarticularse con el Gobierno de Uribe y al menos setecientos de sus integrantes han anunciado su voluntad de dejar las armas. ¿Qué ha pasado para llegar a este volumen de horror, aunque empiece a rebajarse?; pues que durante años la muerte del otro ha sido la forma natural de resolver las diferencias inherentes a los humanos. Que durante años, también, se ha cosificado a los contrarios, se les ha convertido en minerales y, como en otros lugares que conocemos tan bien, se les ha inyectado odio en vena. Colombia tiene solución y el mero enunciado de este apriorismo optimista es una forma de abrir caminos para que la encuentre. El derrotismo y el pesimismo es patrimonio de los aburridos, el optimismo debe formar parte de la vida, pero es que, además, hay motivos para el optimismo. En menos de un año de Gobierno lo que parecía un problema sin solución empieza, poco a poco, a desatascarse, y sobre todo se quiebra una racha de pesimismo estructural, tan nefasta casi como la contabilidad criminal que tapa la rica realidad de un país vital, cariñoso y que maneja de maravilla el español.