RUIZ GALLARDÓN ha retirado el recargo del IBI sobre viviendas vacías. Lo hizo previo pacto con Mariano Rajoy. ¿Es una victoria del sucesor? ¿Es una derrota? No es por hacer de gallego, pero depende. Puede leerse como una victoria, si se piensa, simplemente, que Rajoy afrontó este problema. Puede entenderse como una gran victoria si se añade que ha conseguido que Gallardón retire una de sus fuentes de financiación. Y todavía caben más elogios si se admite que el secretario general del PP demostró sensibilidad, captó las críticas que había en el ambiente y actuó con el doble valor del diálogo interno y la autoridad. En el lado negativo hay que situar un único detalle, pero fundamental para el tiempo que viene: el acuerdo con el alcalde da nuevas municiones a la oposición. Desaparece un recargo abusivo, difícil de aplicar y que sólo tiene el valor demagógico de decir que se persigue al especulador del ladrillo para favorecer la vivienda de alquiler. Pero, al mismo tiempo, queda al descubierto que hay otros seis o siete impuestos que van a subir y, como dice mucha opinión publicada, no suben para satisfacer necesidades de los ciudadanos, sino para obras faraónicas o suntuosas, como llevar el Ayuntamiento al Palacio de Correos. Quiere decirse que los factores básicos de contradicción con la estrategia del PP siguen intactos. Su impacto ante las próximas elecciones generales, también, y Rajoy debe contar con ello. Puestos estos dos factores en la balanza, queda la impresión de que se ha buscado la solución más fácil o que se hizo una concesión a la galería. Si sigue vigente la contradicción entre los propósitos fiscales del PP y la realidad municipal de este partido, hay que convenir que se ha avanzado poco. Y, personalmente, los principales actores del drama salen tocados : Rajoy tendrá muy difícil explicar la compatibilidad entre su proyecto de bajos impuestos y esa autonomía municipal que descompensa lo ahorrado. Y Gallardón, porque ha dejado de ser el hombre-milagro que hace prodigios para quedarse con los piropos que le están dedicando sobre sus ambiciones personales. En resumen: regular negocio. Lo que nadie se explica es cómo un partido tan previsor y tan buen estratega ha dejado que las aguas lleguen a ese nivel. ¿Es que nadie en el PP, ni Rajoy, ni Aznar, ni Rato, conocían antes el propósito fiscal del alcalde? Pues parece que no: nadie lo sabía. No es por hacer una comparación perversa, pero esto recuerda vagamente el episodio de Tamayo y Sáez: el PP le reprochó al PSOE la inclusión de traidores en sus listas. Ahora el PSOE le puede replicar al PP que alguien ha metido en su programa una contradicción con su política.