EL GERMEN de lo que acabaría por constituirse, en 1932, como el actual Reino de Arabia Saudí se encuentra en la alianza firmada, en el último tercio del siglo XVIII, entre el entonces líder espiritual, Sheik Mohamed Bin Abdul Wahab y el jefe de una tribu rebelde, Abdul Saud. Abdul Wahab, perseguido por difundir ideas religiosas puristas que criticaban duramente al Imperio Otomano, obtuvo la protección de Abdul Saud, conocido por su animadversión al dominio de la Gran Puerta, iniciándose así la unión entre espiritualidad y fuerza de las armas que se consolidaría con el ascenso al trono de la dinastía de los Saud y la imposición rigorista de la doctrina wahabita en el siglo XX. Bendecidos con enormes yacimientos petrolíferos, el poder político de los Saud no fue cuestionado por una población satisfecha con su riqueza. Mientras la mayoría de los países de Oriente Próximo se debatían en una sucesión de convulsas revoluciones que desembocarían en férreas dictaduras militares, Arabia Saudí vivía una estabilidad política basada en un altísimo nivel de vida. La riqueza proporcionada por el oro negro garantizó, además, el apoyo de Estados Unidos y Gran Bretaña, países que se abstuvieron de criticar la ausencia total de libertades y democracia, a cambio de contratos privilegiados y cooperación en sus intervenciones políticas en la zona. Recostada en su trono de oro, la monarquía de Arabia Saudí permaneció ciega a la realidad de lo que se estaba fraguando en su propio país. A falta de libertad política que permitiera encauzar pacíficamente el descontento, los fanáticos religiosos lograron lo que parecía imposible: que los jóvenes sauditas, universitarios y ociosos, se unieran a sus hermanos árabes más desfavorecidos para luchar contra las injusticias y la corrupción de su fe. El terrorismo islámico arraigó así, paradójicamente, en uno de los bastiones del islamismo más riguroso. El atentado de este domingo sólo es una muestra más de su peligrosidad para un gobierno que se creía inmune y que, por primera vez en su historia, ve tambalearse los cimientos sobre los que se asentaba.