El milagro del Año Santo

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

09 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

CON ESTO de la boda, y metidos como estamos en guerras internas y externas, nos estamos olvidando de que falta un mes para la «avalancha», y que, en sólo un año, la pequeña ciudad de Santiago va a recibir a seis millones de turistas y otros seis millones de romeros autóctonos deseosos de visitar su basílica. Por eso quiero recordar brevemente lo que significa esta cifra oficial confirmada ya por Pérez Varela. Lo primero que hay que saber es que, teniendo en cuenta que 2004 es año bisiesto, la cifra de 12 millones de peregrinos implica la entrada en Santiago de 32.786 personas diarias, siempre que la marcha sea uniforme y constante desde el 1 de enero al 31 de diciembre, y sin contar a los estudiantes ni a los funcionarios que entran a diario, ni a los santiagueses que vamos de fin de semana. Porque si se concentran en verano y en Semana Santa, como suele decirse, tendríamos que soportar a más de 200.000 personas diarias de entrada y otras tantas de salida, que son suficientes para colapsar las infraestructuras y los aeropuertos de París y Londres juntos. Eso significa que, si abrimos la catedral durante 16 horas diarias, y hacemos entrar a los peregrinos a toque de silbato, tendremos que meter en el templo a 2.049 personas cada hora, 34 por minuto, suficientes para mantener la catedral completamente abarrotada y bloqueada, sin poder vaciar los cepillos, desde el primero de año hasta el día de San Silvestre. Dado que la experiencia de otros años nos dice que el aeropuerto de Lavacolla apenas modifica su tráfico en el 5%, y que otro tanto sucede con el ferrocarril, la Guardia Civil de Tráfico se las tendrá que ingeniar para meter y sacar de Santiago la espeluznante cifra de 63.000 viajeros diarios, lo que equivale a introducir y aparcar en la ciudad todo el tráfico generado por tres autopistas como la del Atlántico, cargadas de peregrinos. ¿Y qué decir de las camas? Suponiendo que 6 millones de peregrinos sean gallegos y no ocupen cama hotelera, lo que equivale a decir que vamos a peregrinar todos -viejos y lactantes incluidos- dos veces y media por año; suponiendo también que los forasteros sólo pernoctan dos noches y en cualquier parte de Galicia, y que prohibimos la entrada a todos los veraneantes y trabajadores, tendremos que acostar a los pobres peregrinos a razón de cuatro por cama, sin dejar una sola habitación libre entre Ribadeo y Tui. Las filas de autobuses aparcados llegarán a Ordes, Padrón, Silleda y Noia, y todas las ambulancias de Galicia serán insuficientes para evacuar de la catedral a los afectados por lipotimias. Pero el Año Santo es así: una explosión de fe con la que nunca podrán ni la razón ni la estadística.