DE LA BODA anunciada, me interesó, al principio, la estrategia de comunicación, diseñada con arte, para evitar un debate público y, muy especialmente, para silenciar a los monárquicos que pudieran manifestarse en contra. Mi felicitación profesional a los artífices de tan acabada táctica. Luego, me interesó el carácter ejemplar de la elección del Príncipe de Asturias, algo que alineó de inmediato a ciertas clases intelectuales a favor de la boda anunciada. Así, con los posibles discrepantes puestos ante el dilema de hablar o callar para ser leales, y con los más indiferentes a favor gracias al modelo social que el nuevo matrimonio, a su juicio, quiere reflejar, casi todos contentos. Pensaba, por otra parte, que el pueblo llano leería esta historia como un cuento: la princesa que sale de entre ellos como de milagro, por la intervención acaso de un hada madrina. Me equivocaba. Todos somos propensos a los cuentos, y quizá la gente sencilla más. Pero también las historias de princesas surgidas de la plebe tienen sus condiciones. Y por lo que he escuchado, a la gente le falta una que consideran crucial. Es lo que pasa por jugar con cuentos de princesas y de príncipes. Se corre el riesgo de que al final nadie se los crea.