DESPUÉS de quejarme tantas veces del monolitismo de Aznar, y de criticar con tanta vehemencia el discurso único que el PP puso de moda, no voy a caer en la incoherencia de predicar lo contrario, y comparar las discrepancias entre Gallardón y Rato, o entre Mayor Oreja y Piqué con los signos del fin del mundo. Si lo de antes no era normal, lo de ahora empieza a serlo, y por eso quiero ser el primero en poner de manifiesto que este aflojar de las cuadernas, y este pequeño lío que se vislumbra en la familia popular, es el primer éxito político de Mariano Rajoy. El pluralismo es una condición esencial de las sociedades, que sólo se puede acallar con la tiranía. Y tan natural debe considerarse su presencia entre nosotros que incluso florece, en forma de corrientes y sensibilidades, en los grupos de apoyo a las dictaduras, en las sociedades fundamentalistas y en el poder teocrático de la Iglesia. La Falange era un partido único al servicio de un dictador, pero siempre sirvió de marco para algunos enfrentamientos y contradicciones que le daban al régimen la única movilidad que tenía. Y lo mismo cabe decir del Colegio Cardenalicio, o de los líderes de la revolución iraní, que son el último reducto de un pluralismo de achicoria -más vale algo que nada- que viene a sustituir al debate prohibido y desterrado. Por eso hay que decir que la forma rígida y monocorde que adquirió el partido de Aznar durante los últimos cuatro años no era más que el grave síntoma de un liderazgo agotado, sin ideas y sin capacidad de diálogo, que sólo se mantuvo gracias al espejismo de una sucesión hereditaria. Lo raro, y lo preocupante, no es que Josep Piqué se aparte de las tesis del PP de Euskadi, sino el que hubiese que esperar siete años hasta que alguien se atrevió a pararle los pies a Mayor Oreja. Lo extraño no es que Rodrigo Rato le recuerde a Gallardón que el orden del buen gobierno es hacer «más con menos», sino que un pitagorín como Gallardón haya encandilado a todo Madrid a base de hacer silogismos en bárbara . Y lo malo no es que Arenas y Zaplana se vigilen entre sí como pistoleros del Far West, sino que todo el partido haga sus listas y sus congresos, y pase de rositas sobre el poder, como si todos hubiesen hecho voto de pobreza, castidad y obediencia. Por eso veo el futuro con optimismo. Porque si el PP empieza a discutir algo sobre el Estatuto de Cataluña, la guerra de Irak, el Plan Ibarretxe y el reparto de poder en Europa, estoy convencido de que encontrará respuestas adecuadas y pactos internos que las lleven adelante. Y porque estoy seguro de que un partido que funciona a la búlgara no puede gobernar con acierto un país libre y moderno.