QUERIDO MUNDO
06 nov 2003 . Actualizado a las 06:00 h.LE CUESTA, pero existe. Chechenia, atrapada en un círculo infernal de represión y reacción, terroristas ambas, casi ha desaparecido como país, pero pervive como dolor intenso y bochornoso. El fotógrafo estadounidense Stanley Greene ha logrado retratar en la piel de sus habitantes su propia cólera por los excesos que la Rusia de Putin se permite en este rincón de su mundo (crímenes, torturas, violaciones), mientras todos los países de Occidente, oportunistas defensores de los derechos humanos, se afanan en mirar para otro lado. Stanley Greene ha logrado fotografiar lo que no se ve, el abrumador silencio de las víctimas y la peculiar limpieza (sería demasiado llamarle higiene) de los represores, que, a pesar de la impunidad de que gozan, prefieren no dejar demasiadas huellas. La publicación de un libro con sus fotos en Estados Unidos y en Francia, con textos de André Glucksmann (filósofo comprometido con los chechenos) y Christian Caujolle, ha atraído los focos sobre este conflicto y sobre la doble moral de quienes guardan silencio para no malograr sus negocios de Estado con Moscú. Otros tres libros, uno de la periodista rusa Anna Politkovskaia, otro del francés Laurence Binet y un tercero colectivo (André Glucksmann, Mijail Roschin, Olivier Roy, etcétera) han puesto sobre el tapete la brutalidad de la situación y la indiferencia de Occidente. Y han denunciado la realidad actual: los chechenos, que fueron deportados en masa en 1944 por Stalin, temen que Putin pueda acabar por superar, en una espiral casi genocida, al gran dictador comunista, prolongando así el interminable sufrimiento de un país que agoniza convertido en un campo de concentración. ¡Un millón de personas (que esto es Chechenia) en peligro de extinción! Es posible entender, y aún defender, el deseo de Moscú de impedir el desmembramiento de Rusia y, en este caso, la pérdida de Chechenia. La mayor parte de los Gobiernos del mundo comprende su negativa a transigir con una independencia que ya lo fue de hecho, aunque no de derecho. Pero ninguno de esos mismos gobiernos debiera ser cómplice, con su silencio, de una actuación tan aniquiladora. Jamás.