QUE NADIE piense que la subida de impuestos decidida en Madrid por Alberto Ruiz-Gallardón es un error y mucho menos una torpeza del flamante alcalde de la ciudad; ni tampoco un pulso -¿para qué ya?, podría pensarse- que echa a José María Aznar, defensor a ultranza de la congelación de los impuestos; simplemente, Ruiz-Gallardón cree que su gestión necesita de una mayor recaudación fiscal y así lo ha decidido. El alcalde es consciente de que en la larga carrera emprendida hacia la Presidencia del Gobierno de España, propósito que, por conocido, no requiere mayores explicaciones, tendrá que abordar medidas a priori impopulares y otras que lo serán menos. Así que cuando, siendo presidente de la comunidad autónoma, se sacó de la manga el famoso céntimo sanitario, impuesto que grava las gasolinas en Madrid para financiar la sanidad, aceptó la impopularidad de la medida, de igual forma que se benefició con otras decisiones como, por citar la más sonora, los tropecientos kilómetros de metro realizados a lo largo de sus ocho años de presidencia. Y parece ser que los electores de la capital tienen en alta estima el resultado de su gestión cuando le votaron mayoritariamente para alcalde de la capital en las elecciones de mayo. Quiero decir con todo ello que el alcalde de Madrid no va a renunciar ni a una sola de las medidas que cree debe tomar para que en cuatro años esta ciudad experimente el mismo cambio que Ruiz-Gallardón le dio a la Comunidad de Madrid. Todo ello forma parte de la carrera que en solitario y contra viento y marea decidió emprender nada más llegar a la política. Su ímpetu juvenil, que ahora está moderado por la madurez, le llevó a cometer el grave error de confesar sus intenciones, lo que le costó su traslado al congelador del Partido Popular, de donde literalmente tuvieron que sacarlo para ganarle las elecciones a Trinidad Jiménez, candidata socialista al Ayuntamiento de Madrid. Y ahora, desde el fabuloso escaparate que es la alcaldía de la capital, cuya sede trasladará al Palacio de Telecomunicaciones de Cibeles, continúa haciendo el mismo camino. Desde el anonimato, que es refugio de cobardes, unos le llaman díscolo; otros, heterodoxos; y algunos hasta traidor. Son los mismos que después de cada victoria electoral de Gallardón acuden en su auxilio.