DECÍA Salustio, amigo de César, que con la discordia se arruina lo más grande. Si en Irak se diesen en estos momentos unas condiciones suficientes de seguridad, ¿se imaginan a qué velocidad se llevaría a cabo su reconstrucción? Recuérdese que estamos hablando de un país que podría llegar a producir cinco millones de barriles de petróleo al día, algo sencillamente abrumador. Pero la realidad no es ésta. Una inseguridad creciente remite ese horizonte a una distancia temporal cada vez mayor. Y sin esa seguridad indispensable el camino será un calvario para ocupantes y para ocupados. Como ya advirtió en su día el antinacionalista Pierre Joseph Proudhon, la paz obtenida con la punta de la espada no es más que una tregua. Una tregua que se rompe cada dos por tres, con explosiones de violencia brutales y coincidentes en el tiempo, que delatan la presencia de unos adversarios organizados. Lo de menos es cómo quiera llamárseles. ¿Terroristas? ¿Patriotas? ¿Islamistas fanáticos? ¿Fieles de Sadam Huseín? El verdadero problema es que fabrican inseguridad en serie y hacen más remotas las esperanzas de paz. El presidente Bush sostiene -es difícil saber si se lo cree- que son los últimos estertores de los focos de adictos al régimen derrocado, que manifiestan así su desesperación. Quizá el número dos del Pentágono, Paul Wolfowitz, uno de los halcones y cerebros de esta guerra preventiva , que pudo morir hace pocos días en el ataque al hotel Al Rachid de Bagdad, debiera desengañarlo y decirle la verdad: que la situación no es fácil de controlar porque enfrente están unos enemigos declarados. Es decir, unos combatientes que, cuando no actúan, sólo están concediendo treguas que, antes o después, se rompen con el estrépito del terror. Conseguir la paz en este marco sería una victoria muy superior a la que significó la propia guerra. Y para lograrlo es preciso convencer. Convencer a los iraquíes de que con la seguridad es posible el buen gobierno y el bienestar general. Quizá no lo sepa Bush, pero esto ya lo decía Jenofonte hace casi 2.500 años. La inseguridad paraliza al dinero. Sin verdadera paz, no hay otro negocio que no sea el de las armas.