SI EL PROBLEMA de España fuese el plan Ibarretxe, bastaría con votarlo en contra y tirarlo al cesto de los papeles. Antes de salir de Vitoria, el plan de la discordia tiene que superar un debate de totalidad que el PNV afronta en minoría, por lo que bastaría una coincidencia accidental entre el PP, el PSOE y Sozialista Abertzaleak para matar el debate en cinco minutos. También puede suceder que la ausencia de HB, o sus votos, propicien la toma en consideración del plan. El inmediato trámite de comisión también lo afrontará el PNV en minoría, por lo que, si todos se empeñan en desfigurarle el proyecto, por fas o por nefas, no le dejarán al lendakari más opción que retirarlo. Pero si suponemos que también sale vivo de ésta, bajo la vigilancia del Batasuna, habría un debate plenario que Ibarretxe afrontaría de nuevo en minoría. En la hipótesis de que el plan superase el debate plenario, se convocaría un referéndum que, según todos los indicios, resultaría negativo, por lo que el plan pasaría al museo de la historia. Aunque nosotros vamos a suponer que Ibarretxe gana el referéndum y remite el plan al Congreso, donde los nacionalistas de PNV-EA cuentan con 6 diputados de un total de 350. Si fuese verdad que la tramitación del proyecto es una chapuza ab initio , la Mesa del Congreso podría no calificarlo y devolver los papeles a Vitoria. Aunque también podría calificarlo y remitirlo a la Comisión Constitucional, que, a base de enmiendas populares y socialistas, podría convertirlo en un documento en blanco que se muere en su propio trámite, o en un Estatuto guay, a la medida de Aznar, que el PNV tendría que rechazar -¡vaya paradoja!- en referéndum. Finalmente, si el plan sale vivo del referéndum preceptivo, aún podría ser rechazado en el Congreso. Por mil motivos, o porque sí. Ibarretxe sabe que el destino de su plan es una papelera del Congreso de los Diputados. Y Aznar sabe que llenar esa papelera no tiene más ciencia que apretar el botón del no. Y por eso conviene saber por qué ambos se empeñan en ir contracorriente, Ibarretxe erre que erre, y Aznar dale que dale, corriendo el riesgo de combatir en la calle lo que con tanta facilidad podría resolver las instituciones. La respuesta es que a los dos les mola un conflicto que les llena de votos. Lo que Aznar no quiere es votar en contra y dejar a España ante la evidencia de que su política para Euskadi no tiene más horizonte que el conflicto indefinido. Lo que Ibarretxe no puede es quedarse quieto en Euskadi, mientras Mayor Oreja reescribe el Apocalipsis. Y lo único que no se entiende es por qué el pueblo llano tolera esta tragicomedia que, a base de jugar con fuego, puede incendiar el teatro.