EXISTE una vieja máxima según la cual la obligación de todo preso es fugarse, y la de sus carceleros, evitarlo. A pesar de que responde al más elemental sentido común, todavía quedan muchos tertulianos y opinadores varios que no la entienden. Por eso se escandalizaron cuando se fugó Carlos el Negro y se han vuelto a rasgar las vestiduras cuando se han enterado de que media docena de presuntos traficantes de heroína desaparecieron un día antes de que empezase el juicio contra ellos y 16 más. Siro García, el presidente del tribunal y de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, ofreció ayer datos clarificadores sobre los avatares de un proceso que, según constataron los propios inspectores del Consejo General del Poder Judicial, tiene un volumen de papel siete veces superior al normal. A lo que dijo, sólo cabe añadir que esto también ocurre porque vivimos en un Estado de derecho, que tal vez peque de garantista, pero que sigo preferiendo al de Vladimir Putin.