HABLAR del modelo político suizo, con frecuentes consultas directas a los ciudadanos y con un Consejo Federal de composición estable, es hablar de una envidiable rareza que no tiene muchas posibilidades de extenderse a las grandes potencias. Quizá porque la clave de su funcionamiento está en la propia conformación interna de un pequeño país de 2,4 millones de electores, con cuatro idiomas propios y 26 cantones con una gran autonomía. Sin embargo, el reciente triunfo del Partido del Pueblo de Suiza (SVP), liderado por el carismático ultraderechista Christoph Blocher, ha conmocionado las estructuras del sistema. Y es que, desde la II Guerra Mundial para acá, los suizos no se habían enfrentado con tanta incertidumbre. Por ello se preguntan: ¿Sobrevivirá la política basada en el consenso y en la llamada fórmula mágica que rige desde 1959, o se ha abierto un inesperado camino sin retorno y sin consenso-para-todo? Blocher se ha impuesto con una campaña xenófoba, es cierto, pero lo ha hecho dentro del sistema quizá más democrático del mundo. La cuestión que ahora se plantean los políticos (y no sólo los de Suiza) es por qué los votos se han ido hacia su posición. Los críticos saben que no basta con desacreditarlo o satanizarlo para que el peligro quede conjurado. De momento, políticos y analistas han estudiado la propia realidad nacional, en la que los inmigrantes suponen ya el 21% de la población. Y han comprendido el mensaje: los suizos han empezado a tener miedo al meteco, al forastero. No es la primera vez que esto ocurre en un país, ni será la última, pero no basta con ponerse del lado del más débil para que el problema quede solucionado. Es preciso reconocer que en el fondo de ese voto xenófobo late el miedo al extranjero del que habló Fátima Mernissi al recoger el premio Príncipe de Asturias el pasado viernes. El miedo al número creciente de los que son distintos. En definitiva, el miedo a la propia debilidad. Sólo desde este reconocimiento se puede entender y corregir la percepción de esa realidad. Porque es de temer el miedo, pero no el emigrante. También en Suiza. Quisiera hacer algunas puntualizaciones al respecto de un artículo publicado en este periódico, el pasado 26 de septiembre, bajo el título A vueltas con el visado médico , firmado por don José Ramón Amor Pan. Como presidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Lugo, quiero manifestarle mi sorpresa por las afirmaciones vertidas en relación con la labor de dispensación, que corresponde al farmacéutico como así lo establece la legislación nacional y autonómica, basada en el uso racional del medicamento y buscando separar los actos de prescripción y de dispensación, con un objetivo claramente sanitario. Los farmacéuticos somos los profesionales universitarios expertos en el medicamento. Los estudios en farmacología, farmacoterapia, fitoterapia, química farmacéutica, tecnología farmacéutica, etcétera, hacen al farmacéutico conocedor de todo lo relacionado con el medicamento directa e indirectamente. Lugo. Me gustaría hacer algunos comentarios sobre la noticia publicada el pasado 22 de octubre en La Voz de Galicia sobre un conductor ferrolano que conducía con una tasa de alcohol cercana al coma etílico. Me parece vergonzosa la sanción que le ha impuesto la jueza. La ley en este país no parece ser la misma para todos o puede que el importe de la multa vaya disminuyendo cuanto mayor sea la cantidad de alcohol en sangre. En ninguno de los casos critico este tipo de sanciones, ya que considero peligroso que la gente conduzca borracha, no por ellos sino por el peligro que ocasionan a los demás, pero me parece indignante que a unas personas con 0,5 de alcohol en sangre las sancionen con 600 euros y 3 meses de retirada de carné y a un individuo que conduce con una tasa cercana al coma etílico lo sancionen con 350 euros y 10 meses de retirada de carné; y todavía más grave, que fuentes de la Guardia Civil de Tráfico del destacamento de Ferrol aseguren que «la cifra es alta», pero que medio lo excusen diciendo «que cada fin de semana descubren conductores que dan positivo: 'Entre 1 y 1.30 hay montones'». Parece que los grados de alcohol en sangre son premiados con descuentos. Me pregunto si también le habrán felicitado. ¿Estamos intentando educar vialmente o se trata de simple recaudación? La ley es para todos, y debe ser para todos igual; no alcanzo a entender cómo una multa a una persona que con todos mis respetos es un peligro público puede ser inferior a la de una persona que lleva dos copas encima. Nuria Portela Freire. Bueu.