CARLOS G. REIGOSA
27 oct 2003 . Actualizado a las 06:00 h.EL PRESIDENTE de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se metió en el bolsillo a los asistentes a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, el pasado viernes, con un discurso que rescató la ética para la política y la esperanza para los condenados de la Tierra. Con su verbo cálido y bien temperado, el ex sindicalista desgranó las cuentas de su rosario de utopías necesarias y realizables. Denunció el «absolutismo económico y el fanatismo ciego que ignoran los valores morales que nos unen y nos llevan al futuro». Aseguró que «el abismo entre avance técnico y comportamiento moral es uno de los pasivos dejados por el siglo XX». Pidió una promoción de la equidad entre los Estados porque «la lucha contra la miseria es una cuestión ética, no económica». Y casi suplicó «que la democratización del progreso no sea eternamente una promesa futura». Prudente, pero enérgico, llamó a las cosas por su nombre para no traicionar su anhelo de echarle un pulso al hambre. Y sus palabras sonaron como las que un día pronunciara Martín Luther King para contarnos que había tenido un sueño. Lula aporreaba nuestras puertas para despertarnos de una pesadilla de impotencia. Era imposible no dejarle pasar.