TODAVÍA ayer, mientras los madrileños acudían a las urnas, la televisión oficial y sus apéndices se empeñaban en presentar la jornada electoral como lo que no era, dando por sentado que un robo impúdico de los resultados de mayo obligó al PSOE a plantear una batalla que tenía que perder. De esta forma, y bajo la falsa apariencia de un brindis a la gallarda actitud de los socialistas, se matan tres pájaros de un tiro. El primero, hipervalorar la mayoría absoluta obtenida por Esperanza Aguirre en una noche de infarto, que obliga a revisar las interpretaciones de los resultados de mayo -rotunda victoria de Aznar y clara convalidación del Prestige y de la guerra- y pone a Rajoy a las puertas de la Moncloa. El segundo, resolver los debates del «ladrillo» a favor de los populares, ya que los españoles vivimos la democracia con especial apego al viejo lema de los ascetas: «Al final de la jornada aquel que se salva sabe, y el que no no sabe nada». Y el tercero, insistir en que todo se hizo en medio de una acendrada defensa de la democracia, en la que el PSOE muerde el anzuelo sin que el PP mueva la caña. La verdad, sin embargo, es muy distinta. Porque, aunque el PSOE haya picado como un pardillo, y haya propiciado la convocatoria electoral, no deja de ser una farsa democrática el que, para resolver un problema puntual -todo lo grave que ustedes quieran- se convoquen unas elecciones repetidas sin que el partido ganador hubiese intentado la investidura, y sin que un hipotético Gobierno de Aguirre quedase en minoría y sujeto al control parlamentario de la izquierda. La depuración del caso Tamayo y Sáez debió de costarle al PSOE el anticipado sueño de gobierno que las elecciones hacían posible, pero nunca debió servir para que el Partido Popular tuviese esta segunda oportunidad contra un adversario en inferioridad evidente. Pero el problema más grave es que todo sucedió porque el PSOE así lo quiso, porque está dirigido por una caterva de novatos que confunden la alta política con los juegos de salón, y porque, en vez de depurar sus propios errores y contradicciones, siguen empeñados en exportarlos a los otros partidos y al conjunto de la sociedad. Y por eso cabe interpretar los resultados de Madrid en una perspectiva que, transcendiendo en mucho la derrota de Simancas, pesa ya como una losa en el currículum electoral de Rodríguez Zapatero, al que apenas le queda capacidad para poner algo de moderación en las batallas que vienen. Porque todos los males que nos pasan -Plan Ibarretxe incluido- hunden sus raíces en la mayoría absoluta e intratable que nos gobierna, y que ahora amenaza con ocho años de propina. Por culpa del PSOE, of course .