DESDE la Puerta de Alcalá, si buscas el horizonte como en un cuadro de Antonio López, puedes imaginar el mar al fondo. Madrid, puerto de mar, puerto seco de aquel viejo rompeolas que Unamuno adjudicó a todas, de todas las Españas. Escribir de Madrid, en Madrid y en otoño es tarea apasionante, si como hoy atardecida la ciudad se va inflamando de rojos encendidos el cielo de Madrid. Las tardes declinando son un regalo visual en esos días en que el otoño se deja arrastrar por una melancolía antigua. Escribo de Madrid con un puñal que me parte en dos mitades, que divide mi identidad gallega que se va sumando a ese largo centenar de miles de habitantes de las dos tierras y que Borobó, el viejo maestro, dio en llamar madrigallegos. Aguardamos permanentemente desandar, hacer el camino de vuelta, pero vamos posponiendo la fecha y mientras tanto convertimos la carretera nacional 6 en una suerte de Camino de Santiago para nuestra anual peregrinación de recuperación de paisajes y memoria. Cada ciudad, pueblo o aldea de Galicia es nuestra catedral y nuestro apóstol laico, cada verano un jacobeo, cada viaje un jubileo, porque ya Galicia es un país de cercanías, una certeza que comienza donde terminan todos los finisterres. Pero yo quería escribir de Madrid, de todos los Madrides, de la ciudad tendida al sol manchego, de su esencia cosmopolita de pueblo viejo, de su afamado anonimato, de su generosidad para quienes la habitan, de esa constante caja de sorpresas que es Madrid para quien la vive. Por eso esta tarde busco el mar en el horizonte y escucho su murmullo y ese mecer de los barcos atracados en los muelles de la memoria que todavía me conmueven. Y busco Madrid en un callejero de silencios y ubico a mi antojo calles y plazas llenándolas de fiesta y bullicio, de mestizaje y de música que pone la banda sonora del otoño. Con la noche los automóviles guiñan sus ojos de faro y nos devuelven a la realidad, y la ciudad es de prisas y de azabache, y comienza a llover y se cuela la lluvia por ese resquicio abierto que siempre dejan los recuerdos. Y rindes pleitesía y gratitud a tu ciudad, de la que ya no te sientes huésped, y te sabes de Madrid sin dejar de ser gallego, y por los autoparlantes se oyen proclamas y se escuchan promesas que tienen a Madrid como divisa de un tiempo que anuncian nuevo cuando aún todo lo viejo está por venir, y el paseo rompe la rutina y caminas por los bulevares silbando una melodía recurrente, una canción sin letra, y las sílabas van apareciendo, se quedan entonando la canción, colocándose en su sitio como en una escena de cine mudo. Y se encienden las luces de los escaparates y Madrid enseña sin pudores sus tesoros, sus viejos y ocultos cofres de las maravillas, y la lluvia te va golpeando en la cara pero no te importa, y cabalgas el veloz corcel de la nostalgia retornando a otros paisajes allende toda la infancia, tu infancia gallega y vas comprendiendo que en Madrid profundizaste en el oficio de hombre, y por fin eres consciente de que Madrid, cuchillo que te parte en dos mitades, no es lo peor de Galicia. Te das cuenta de que la ciudad agradecida participa de forma activa en tus pensamientos. Será porque llevas a Madrid en tu cabeza, ya sabías que estaba en tu corazón.