La sombra de Hitler planea de nuevo

OPINIÓN

EL PRIMERO en hacer saltar las alarmas de los demócratas moderados europeos fue Haider con su Partido de la Libertad. Austria, un país tradicionalmente neutral y estable, se decantaba por apoyar a un político que no ocultaba su desprecio por los extranjeros y que, al mejor estilo nazi, los hacía responsables de todos los males que estaba viviendo su país. Poco después, el éxito de Bossi con su Liga Norte en Italia confirmaba la extensión de la radicalización política en los países europeos. Ahora es Suiza. Con la victoria electoral de Broecher y su Unión Democrática del Centro se consolida esta temible tendencia política, precisamente, en un país famoso por ser tolerante. El afianzamiento de la xenofobia no es un proceso repentino y extraño sino algo latente en las sociedades europeas. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y con el inicio de la reconstrucción, los países más prósperos de la Europa Occidental aceptaron de buen grado la mano de obra barata que les llegaba. A partir de los ochenta, con el comienzo de la recesión económica y el aumento del paro se invirtió la tendencia, imponiéndose unas condiciones altamente restrictivas para la llegada de emigrantes. Este proceso derivó de una serie de factores cuyo análisis exigiría un texto demasiado prolijo; baste indicar, entre otros, la creciente automatización del proceso industrial, que redujo la demanda de mano de obra, y el exceso en la oferta con la llegada al mercado laboral de los primeros jóvenes nacidos con el baby boom de los sesenta. Si a lo anterior unimos el incremento de las agresiones por la parte oscura de la migración -mafias organizadas, narcotraficantes, prostitución- es fácil comprender que, ante la promesa de ejorar las condiciones erradicando el elemento perturbador, los grupos radicales hayan ido ganando adeptos. Es preocupante que, casi sesenta años después de la muerte de Hitler, su sombra vuelva a planear sobre el mapa europeo. Es responsabilidad de todos evitar que se pose sobre nuestras cabezas. Se lo debemos a sus víctimas, a nuestros padres, a nuestros hijos y, sobre todo, nos lo debemos a nosotros mismos.