Arriesgarse

| PABLO MOSQUERA |

OPINIÓN

19 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

HAMBRE, enfermedad, guerra, muerte Los cuatro jinetes de la Apocalipsis que siguen cabalgando por una buena parte del planeta Tierra. Han sido y serán motivo para la desesperación de muchos seres humanos. Han sido y serán la razón para invasiones de unos continentes o regiones a otros. Lo mismo que el calor se escapa del alta a la baja temperatura, los parias famélicos se la juegan y tratan de alcanzar la orilla del mundo privilegiado por el desarrollo y el consumo. Desde el imperio Romano hasta las Américas de nuestros abuelos, para situarnos en la historia interminable de las pateras en el Estrecho. De verdad, ¿alguien puede creerse que las leyes, aún consensuadas entre Gobierno y oposición, van a impedir que sigan llegando inmigrantes a nuestras costas? Cuando una persona se lanza a la mar oceana a bordo de una lancha neumática, o simplemente con una rueda de camión, para tratar de llegar al continente europeo, es que no tiene nada que perder. Además, se convierte en el cliente de los que hacen negocios a costa de la desesperación. Los gallegos sabemos de historias parecidas. Nuestros museos etnográficos están llenos de testigos gráficos de la inmigración. Ni más menos que un salto hacia lo desconocido para salir del pozo conocido. Un arriesgar para mejorar o morir en el intento. Mientras el norte de Mario Benedetti no sea capaz de cambiar al sur, seguirá la corriente migratoria. Mientras en el norte industrial y sobrealimentado los espaldas mojadas sean mano de obra barata, puede que hasta la indiferencia se convierta en interés inconfesable. En sus países de origen, mafias que organizan los viajes, o gobiernos que sienten alivio cada vez que una legión de desarrapados opta por tirarse a la mar, antes que tirarse a por los que administran los recursos. En Europa o en Norteamérica, un problema racial, presuntos delincuentes, una cuestión para el debate y los cambios políticos o económicos, incluso una esperanza para poner freno al envejecimiento poblacional. Cuántos gallegos se marcharon, con papeles o sin papeles, buscando otro futuro en el otro lado del mundo, sin saber leer, ni escribir, ni haber visto televisión. Cuántos de éstos llamaron a los que habían dejado en la aldea para que les siguieran. ¿Cuánto arriesgaron? Ellos, los sin patria, ya han arriesgado. Nosotros, los dueños de la despensa, ¿qué estamos dispuestos a arriesgar?