EN 1967, Mike Nichols firmó su primera película y obtuvo con ella un éxito rotundo. Hijo de un médico judío que había llegado con su familia a Norteamérica huyendo de los nazis, Nichols relataba en aquel film, ayudado por la presencia de una Elizabeth Taylor deliciosa y de un impresionante Richard Burton, cosas con las que nadie se había atrevido aun en el cine americano: esos perfiles escabrosos del amor y el desamor que están ahí aunque nadie los mencione. La cinta llevaba por título ¿Quién tema a Virginia Woolf?, en homenaje a la gran escritora londinense, maestra de la introspección y la franqueza. Y es que, en efecto, la claridad y la franqueza como forma de acercarse a los problemas, sean aquellos personales o políticos, suele generar siempre un gran temor: el de los que se han acostumbrado a vivir en la impostura. ¿Es posible gobernar una ciudad como si fuera un gallinero? Seguro que no. ¿Cabe solucionar sus problemas echando siempre mano al compadreo? Es improbable. ¿Puede un líder local pretender que lo respeten sus vecinos si consiente que a la primera de cambio se le suban a las barbas los que le han prometido lealtad? No, no puede pretenderlo. Y por eso, porque no puede, es por lo que Pérez Mariño no tenía otro remedio que romper con sus socios de gobierno. No es, como dice a tontas y a locas Corina Porro, una cuestión de autoritarismo, sino nada más (¡ni nada menos!) que una cuestión de autoridad. Pérez Mariño tenía el jueves pasado dos opciones: tolerarle al BNG que lo tratase como Príncipe y su gente trataron al BNG en la anterior legislatura; o romper con franqueza la baraja, demostrando que no se puede estar a un tiempo en el gobierno y haciendo oposición. Castrillo se lo toleró a los socialistas y así le fue: entre el desbarajuste derivado de tal debilidad, su sectarismo y sus torpezas perdió la joya de la corona del BNG con la facilidad con que un jugador aficionado se queda sin blanca en la ruleta. Ventura Pérez Mariño ha demostrado no estar dispuesto a que otros gobiernen en su nombre: ni el Celta, ni las autoridades portuarias, ni, por supuesto, la oposición municipal. Es imprescindible que sea así: él es el alcalde y él tiene, con su equipo, la responsabilidad de cambiar la forma de hacer política en un ayuntamiento roído hasta el tuétano por la ineptitud de sus antecesores, las redes clientelares por ellos construidas y el convencimiento popular, convertido en mentalidad social, de que con Vigo no hay nada que hacer. ¿Quién, teme, pues, a Pérez Mariño? Seguro que no los ciudadanos, que han visto por primera vez en muchos años a un gobernante dispuesto a hacer en Vigo lo que había prometido: gobernar.