Arzalluz


HA LLEGADO su hora. Por primera vez, en el seno del PNV cuestionan su liderazgo. Esta vez, el profesor de la Comercial de Deusto puede perder; razón por la que duda sobre si debe mantener su candidatura. Seguro que siente cómo algunos lo están utilizando para lograr un acuerdo de última hora, para el reparto del poder, en la batalla interna del partido con vocación hegemónica.Pero, haga lo que haga, su figura es irrepetible. Culto, inteligente, comunicador de masas, en el púlpito del mitin, en la intimidad de los hogares vascos a los que llega con la televisión autonómica. Primer actor en la comedia de la provocación para desviar la atención de la clase política hacia sus palabras. Sospechoso de connivencias con ETA. Nunca quiso estar en el Gobierno; entre otras razones, porque era el gobierno del gobierno, sin arriesgar. He visto el temor físico que producía en los dirigentes del nacionalismo vasco, tanto del PNV como de EA. He visto cómo amargaba a Garaicoetxea, primero expulsándolo de Ajuria Enea, y luego haciéndolo volver para ser uno más en la mesa para la normalización y pacificación. Si alguien quiere conocerlo, desde dentro del monolito nacionalista, recomiendo la lectura del libro escrito por un gallego: Pepe Rey, jefe de investigación de Egin , titulado El jesuita . Cuando hablaba de mí, ante sus fieles, me llamaba «ese gallego de Lugo». Era el desprecio hacia quien, no siendo de allí, se atrevía a participar en el proceso de rebeldía contra la doctrina que imparte la curia que él preside. Pero era también una manera de señalar a los enemigos de la construcción del Estado vasco. Y, sin embargo, durante diez años compartimos mesa en Ajuria Enea, pancarta en un sinfín de manifestaciones contra ETA; hasta que, un 12 de julio de 1997, en las calles de Bilbao, las gentes que parecían dominadas por el miedo salieron de sus madrigueras para gritar por la libertad de Miguel Ángel Blanco, en un movimiento de dignidad paisana que se llamó «espíritu de Ermua». Nunca negó su condición de hombre de la Iglesia vasca. Nunca negó su condición de vasco independentista. Nunca pensó que las cosas podrían llegar tan lejos, sobre todo tras comprobar lo útil que resultaban los acuerdos con el Gobierno socialista, para mantener divididos a los constitucionalistas y controlar el poder de Euskadi. Él era la autoridad competente. ¿Y después?

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