ANA PALACIO, nuestra admirada ministra de Exteriores, ha estado atinada como siempre. Una tragedia. La muerte del militar español José Antonio Bernal en Irak ha sido una tragedia, dijo. Es todo lo que se le ocurrió. Le faltó añadir que, sobre todo para él y para su familia. En la misma línea se han manifestado algunos de los familiares. La muerte en acto de servicio, «es lo más grande que se puede hacer. Ha sido una honra tremenda». No estaría de más preguntarle a la niña que queda sin padre si opina lo mismo. Bernal Gómez ha sido el cuarto español que deja su vida en Irak. Y en todos los casos hemos reaccionado del mismo modo. Lamentándonos, llenándoles la casa de telegramas de condolencia y recibiéndolos con honores. Pero han sido muertes, a las que hay que añadir la de otros miles de personas, que no nos han servido para avanzar ni un milímetro en la resolución de un problema originado por la obcecación y el abuso de quienes una mañana decidieron arreglarnos el mundo. El asesinato del agente secreto español tiene el valor de recordarnos el estrepitoso fracaso de la intervención militar. Seis meses y dos días después del simbólico derribo de la estatua de Sadam, los acontecimientos nos siguen dando la razón. La intervención ha sido de una torpeza y una irresponsabilidad incomprensibles. Irak está hoy peor que nunca. Sin visos de solución. Y nadie parece querer enterarse. Tiene razón la ministra Palacio. Aunque sea por una vez. La muerte de José Antonio Bernal ha sido una tragedia. Pero tragedia son también las muertes que a diario nos sirven desde Bagdad. Tragedia es estar devastando un país bajo el único argumento de las sospechas. Y tragedia es tener que ser cómplices de una ocupación injusta. Y de asesinatos masivos con el sello de la sinrazón. Eso sí que es una tragedia.