CUANDO ocurre una desgracia irreparable como es la estúpida muerte violenta de una persona a manos de otra, suelen venir las declaraciones de condolencia más o menos sinceras por parte de las autoridades que tienen cierta responsabilidad en lo que ocurre, aunque evidentemente no toda. Suele existir escaso propósito verdadero de enmienda porque, hasta cierto punto, y por diversas razones, se fomenta el fanatismo de masas, olvidando que, como bien sabía Goebbels, las masas tienen su propia psicología y como fuerza irracional puede resultar incontrolable en ocasiones. Pero existe también una responsabilidad individual, que es la otra cara de la libertad, y que nunca debería delegarse. Y esa es la de tratar de construir la propia personalidad con saberes y quereres en busca de un ser mejor, que era uno de los motores del deporte en su concepción tradicional. Y no hay victoria más difícil que la que se obtiene sobre uno mismo, como decía don Quijote. En estos días el Dalai Lama está visitando España, pero no ha merecido un pequeño sitio en la agenda de nuestras máximas autoridades, que sí se lo hacen a cualquier deportista famoso. La teocracia tibetana puede ser criticable para un republicano como forma de organización política y social, aunque desde luego mejor que el maoísmo, pero ha constituido un cierto refugio para los planteamientos de uno de los grandes maestros de la Humanidad, contemporáneo de Sócrates, Lao Tsé, o Pitágoras, el príncipe compasivo Sidharta Gautama, quien buscó las causas del dolor y del sufrimiento y trató de ponerles coto con la reforma de la propia conducta. Porque en cualquier hombre, incluso en el salvaje que mató al aficionado deportivista, existe un Buda en potencia. Un buda que, a medida que se hace más sabio y bueno, feminiza sus rasgos, en la comprensión, la compasión, la dulzura y la ausencia de toda violencia.