Contra todos los ultras

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

LA MUERTE del joven deportivista Manuel Ríos Suárez a pies de un ultra del mismo equipo, certifica la innata o adquirida brutalidad que iguala a todos los ultras del mundo, pone de relieve el riesgo que corre el fútbol de convertirse en un ámbito exclusivo de fanáticos y constituye una llamada de atención a todas las gentes del fútbol para rebajar la tensión y situar este espectáculo en sus justos y civilizados términos. No hay nada más parecido a un ultra que otro ultra. Son idénticos los ultras del Dépor, los del Compostela, los del Oviedo, del Real Madrid o de la Real Sociedad. Están hechos de la misma pasta, amasada a golpe de ignorancia, fanatismo, odio y desprecio a los otros, que provocan luego reacciones desmedidas. Suelen tener la cabeza para separar las orejas y cuando razonan lo hacen con los pies en el hígado del aficionado civilizado, con el bate en la cabeza del que piensa, con los cuchillos en el corazón de quien les hace frente. Acostumbran a ir en manada y suelen ir atiborrados de odio y alcohol. Nos podemos poner como queramos, pero el manido recurso de echar la culpa genéricamente a la sociedad es una forma de despejar a córner el problema y diluir las responsabilidades realmente existentes: en toda sociedad hay una porción de individuos dispuesta a liquidar al otro, un grupo de sujetos que alcanza su minuto de protagonismo en la vida cuando le parte el hígado al prójimo, le lanza un móvil al prójimo o le incrusta una bengala en el pecho al prójimo. Ellos son los únicos culpables y responsables de sus actos violentos. Pero se trata de que esta reducida porción de sujetos no encuentre en su vida un campo de cultivo abonado para sacar a pasear fuera la bestia que lleva dentro. Se trata de que sus métodos no contagien al resto, no intimiden a los que quieren pasar una tarde alegre. Aquí sí entran otras responsabilidades que no son las del puro autor del crimen. Los directivos de los clubes de fútbol tienen que sacar de los campos a los ultras y no regalarles los oídos como hinchas consecuentes, que dan color, que animan cuando la grada calla. Ni un segundo de contemplaciones con estos individuos, ni una entrada gratis, ni un viaje subvencionado. Los líderes de los equipos de fútbol, los jugadores famosos, que tanta influencia tienen sobre los jóvenes, deberían hacerse una foto todos ellos juntos con una única pancarta: ultras fuera, viva el juego limpio, tengamos la fiesta en paz, etcétera. Su capacidad de liderazgo es altísima y una declaración contundente de todos ellos contra los ultras sería decisiva. Los profesionales de los medios de comunicación tenemos que contribuir a desdramatizar el fútbol, no podemos darle un perpetuo tono épico, lleno de ardor guerrero, saturado de frases de gruesos calibre, atestado de testiculina. No se puede decir que perder un partido es una hecatombe. No se puede decir que hay que jugar a muerte. Al contrario no se le machaca. En ese sentido están muy bien algunas declaraciones de Javier Irureta o de Pedraza, el actual responsable del Zaragoza, en las que critican a los periodistas cuando formulan preguntas armadas con palabras apocalípticas. Problemas, lo que se dice problemas, son las guerras, el hambre, el sida, la desnutrición de los niños. Esto es un juego, un tema de conversación para pasarlo bien y reírse y un entretenimiento, no la tercera guerra mundial. La responsabilidad de la muerte de Manuel Ríos la tiene exclusivamente el energúmeno que le da la coz. La obligación de sacar a los ultras del fútbol y recuperar este espectáculo como un juego que se puede ver y disfrutar en familia es de todos los citados.