Violencia

| ERNESTO S. POMBO |

OPINIÓN

HAY quien entiende el deporte como lo que es. Una fiesta y un espectáculo. Y hay quien lo interpreta de otra forma. Como si estuviese en el corredor de la muerte. Hay quien trata de hacer de la vida un edén. Y quien la convierte en un infierno. Ya puede el ministro Acebes alardear de que ha descendido el robo de radiocasetes en automóviles. Porque las estadísticas de muertes violentas siguen aumentando. El asesinato del aficionado coruñés Manuel Ríos en las afueras del compostelano San Lázaro es un eslabón más de la violencia deportiva. Pero no sólo eso. Hay que enmarcarla, inevitablemente, en la que afecta a los diferentes ámbitos de la actividad humana. En las relaciones personales, laborales, profesionales, políticas y familiares. Es cierto que el deporte espectáculo ha desaparecido bajo la presión del deporte competición. Bredemeier dijo que la violencia en el deporte se idealiza, condena, legitima y tolera y hasta llega a confundirse con la vehemencia competitiva. Y a ello, hay que añadir, contribuyen sobremanera directivos, entrenadores, deportistas y páginas web con sus continuas insinuaciones, declaraciones y actitudes. Hubo un tiempo en que el deporte promovía salud mental y paz de espíritu. Aliviaba la agresividad y las hostilidades naturales. Reducía la delincuencia y la violencia. Pero ya no. Las competiciones, tal y como se conciben hoy, se han convertido en una válvula de escape de la tensión social, en una pantalla que enmascara los fracasos individuales. Se llevan a las canchas las frustraciones personales y allí, con la disculpa del resultado, se dejan estallar. Casi sin percatarnos, escribimos la historia de nuestros días a base de cadáveres y baños de sangre. Porque algunos parecen empeñados en resucitar al místico y descerebrado Rasputín, que decía que «la violencia es la alegría del alma».