Un proyecto con poca fortuna

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

SE MIRE como se mire, el borrador de la Constitución europea no da la impresión de entusiasmar a nadie, y ni siquiera aquéllos que mejores ojos le ponen, encuentran recursos para elevar la temperatura de su retórica. Es una contrariedad que se habría paliado si el proyecto que comenzó a redactarse entre muy serias dudas y advertencias muy sólidas, no hubiera coincidido en su enojosa negociación con la circunstancia de que Francia exceda en un 3% el límite impuesto al déficit por el Pacto de Estabilidad (sin que enmendarlo forme parte de sus prioridades), y el déficit alemán ronde los 67 billones de euros. Pero, en fin, la Comisión presidida por Valéry Giscard d'Estaing, ex presidente francés, terminó sus deberes, y Jacques Chirac, presidente francés, dice que, respecto a lo hecho, «es necesario clarificar o precisar, pero no destruir». Es un modo algo patético, por no decir bastante histriónico, de hablar sobre unas cuestiones en cuyo debate nunca quiso entrar Giscard d'Estaing, y que hoy son los puntos más criticados de su proyecto. Es también un modo engañoso de abordar el problema. Porque está muy claro que hay países a los que ese proyecto de Constitución no les gusta un pelo. Claridad a la que se añade una notable precisión, pues los países discrepantes no han dejado lugar a dudas sobre las cosas que no les gustan. Se trata de una claridad y de una precisión tan concretas como la negativa de los suecos al euro, de manera que no parece que en las cuestiones europeas haya alguien con las prendas suficientes como para darlo todo por dicho, mucho menos por hecho. En política, como en cualquier otro aspecto de la vida, los proyectos son como las caricias de los amantes: lo caliente de la pasión y lo intenso de su frenesí no acrecientan la razón para ponerlos ante el altar, y puede darse el caso de que hasta lo de-saconsejen. Hay que haber vivido un poco para caer en ese tipo de cosas, y Chirac no da la impresión de andar en lo alto de una vida despistada y dedicada a la Inopia. Sin ir a comparaciones tan carnales, se dan ocasiones y circunstancias en que un proyecto bien acabado puede ser el menos pertinente al cambiar la luz que iluminó su elaboración, o introducido en un paisaje distinto al que animó a los proyectistas. Y no es malo recordar que los proyectos, los borradores, también se hacen para aprovechar la oportunidad de estudiarlos y, en consecuencia, echarse las manos a la cabeza y tirarse de los pelos. Los proyectos, los borradores, sí. Las constituciones, no. Las constituciones exigen unas manos quietas, unas cabezas a la temperatura ambiente y un peinado que dure hasta la calvicie o que, por lo menos, soporte bien las canas. Se espera, asimismo, de ellas que susciten unas adhesiones más duraderas que su puesta en escena, y que no estimulen dudas de grueso calibre. ¿Cómo se puede dar por supuesta, por ejemplo, una política exterior europea que no exija un acuerdo con votación unánime al que responder y obedecer sin margen para que alguien se llame a engaño? O, bien, ¿cómo no darse cuenta de que el debate público del proyecto de Giscard d'Estaing está elevando los niveles de euroescepticismo en países tan europeístas como, hasta anteayer y por ejemplo, la misma Francia?