Arquitectura y feísmo

| ARTURO MANEIRO |

OPINIÓN

07 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

ME CONTARON que una niña sevillana llegó a Galicia por primera vez este verano y exclamó emocionada al ver un paisaje verde que no terminaba nunca: «¡Mamá, aquí todo es parque!». Pero lo mismo podría haber dicho una niña de cualquier gran ciudad en la que sólo los parques ofrecen posibilidad de contacto con la naturaleza. Podríamos llegar a la conclusión de que en Galicia somos unos privilegiados del paisaje y del medio ambiente. Sólo notamos una cierta diferencia cuando entramos en Portugal. No sé como lo hacen, pero da la impresión de que todo es distinto, de que las edificaciones y casas rurales tiene más gusto, están más integradas en su entorno. Está claro que existe un feísmo que podríamos denominar abiertamente clandestino: aparece sin respetar normas ni licencias. Es perseguible de oficio, algo difícil de erradicar, pero en franca decadencia. El feísmo real es el que provocan directamente construcciones rurales o urbanas perfectamente legales, perfectamente visadas por los colegios de arquitectos y de aparejadores, que cumplen perfectamente todos los requisitos de la burocracia autonómica y municipal. Pero son feas, con una fealdad sólo adjudicable a los colegios de arquitectos. Parece claro que los colegios de arquitectos no conciben, dibujan o diseñan los edificios, esto lo hacen los profesionales de la arquitectura, casi siempre artistas; muchos, más que casas, construyen esculturas habitables. Pero hay otros que resuelven rápidamente fachadas de casas, de manzanas completas, de barrios con viviendas sociales o no, que no deberían ser avaladas en absoluto por los colegios oficiales de arquitectos. El problema se plantea a la hora de determinar quién tiene que velar por la armonía de los barrios y de las ciudades. Está claro que en primera instancia debería ser el municipio. Pero la corporación municipal no puede imponer todos y cada uno de los criterios mencionados. Es necesario que las organizaciones de arquitectos se hagan responsables de mantener un mínimo de gusto, de estilo, de respeto al entorno. Estoy convencido de que el gusto no es una cuestión de presupuesto. Con el mismo dinero se puede hacer una vivienda presentable o un adefesio, todo depende de las cualidades del artista arquitecto. Pero como el artista debe pasar por el colegio oficial, es al final esta entidad la que se hace responsable de edificios que nos causan rabia y vergüenza, que estropean nuestras ciudades y zonas rurales. Es curioso que ahora la legislación obligue a hacer un costoso estudio geológico si quieres construir una casa, por pequeña que sea, pero nadie hace un análisis riguroso sobre si esa casa es estéticamente aceptable, asumible en el entorno o si va a ser como un grano en nuestro privilegiado paisaje gallego. Los Colegios de Arquitectos deberían poner más interés. Existen en Galicia muchas aldeas o entornos de vivienda perfectamente integrados en el medio ambiente, con dimensión humana, y han sido construidos por manos artesanas, sin estudios arquitectónicos ni sociológicos ni medioambientales, sólo con sentido común. Y no me gustaría llegar a la conclusión de que a la arquitectura le falta sentido común y le sobra sentido artístico.