SI HACE unos meses ustedes hubiesen pedido mi opinión sobre el resultado que razonablemente cabría esperar de las próximas elecciones autonómicas, mi pronóstico no habría dejado lugar a dudas: la consulta electoral autonómica consagrará un cambio político en Galicia, encabezado por el Partido Socialista con el apoyo del BNG. En los primeros meses del presente año todos los datos apuntaban en esa dirección. Las pavorosas consecuencias de la catástrofe del Prestige ponían de manifiesto, como nunca antes había ocurrido, la falta de dirección política de la Xunta y socavaban la credibilidad de su presidente. La imagen de un Fraga providencial, casi totémico, capaz de defender como nadie los intereses de Galicia se había volatilizado, dejando un enorme vacío político que demandaba una nueva alternativa de gobierno. Completaba el cuadro político un BNG en crisis, como consecuencia de su retroceso electoral, y un PSdeG en ascenso, favorecido por la recuperación que este partido experimentaba a nivel estatal. Así las cosas, no parece que mis predicciones de entonces fueran demasiado arriesgadas. El resultado de las elecciones municipales del 25-M confirmaba en cierta medida esta tendencia. En efecto, por primera vez desde 1989, la oposición obtenía más votos que el PP, que sufría en Galicia un castigo mayor que en el resto de España, el Bloque confirmaba su estancamiento y el Partido Socialista revalidaba su tendencia alcista, situándose como la primera fuerza política en la Galicia urbana y consolidando su hegemonía en el campo de la izquierda. Pero, a partir de esa fecha, la situación política ha dado un vuelco espectacular. La increíble peripecia vivida en la Asamblea de Madrid -culminada el pasado lunes con el lastimoso espectáculo ofrecido por el PSOE, IU y CC.OO., con motivo de la elección de los órganos rectores de Cajamadrid- ha representado un duro golpe para la credibilidad de la izquierda y ha proyectado dudas razonables -en la sociedad y en el propio PSOE- sobre la solvencia política de Zapatero y su equipo dirigente. Todo ello, claro está, influye negativamente en la imagen del PSdeG, que ha de ser consciente, para reaccionar lo antes posible, de que los vientos de la Meseta que antes soplaban favorablemente golpean ahora con fuerza su proa. Por su parte, el BNG sigue enzarzado en un debate interno de inciertos resultados, cuyo impacto en el entorno nacionalista y en el electorado es todavía impredecible. Sería realmente injustificable que debido a los avatares por los que atraviesa la oposición, un PPdeG agotado y carente de líderes capaces de generar un nuevo impulso político, pudiese realizar una difícil transición desde el poder, y no en la oposición, como todo parecía indicar hace tan sólo unos meses. Desde luego, no me atrevería hoy a adelantar un pronóstico tan contundente como el que realizaba hace un año, pero aún parece razonable esperar que el futuro de Galicia no se vea condicionado por los intereses y necesidades internas del Partido Popular. Ni dependa de personas, cuyo único objetivo es la supervivencia política, que han reducido su actividad cultural a ejercicios que sólo requieren respuestas de baja complejidad. Espero, pues, que la oposición parlamentaria gallega arrincone pequeñas miserias, supere sus dificultades actuales y comprenda que ha llegado la hora de demostrar su competencia para dirigir el país. Todavía hay tiempo, pero ya no estoy tan seguro.