ENTRE los extraterrestres más asombrosos de la galaxia habita un tío de As Neves: un simple humano sin telepoderes. Míchel Salgado, defensa gallego de 27 años, no tiene ni la mitad de clase que Zidane, costó trece veces menos que Figo y vende menos camisetas en dos años que Beckham en dos días. Pero Míchel, el humano, piensa y ha encontrado el talón de Aquiles del Imperio Florentino (la tienda de camisetas planetaria en la que jamás se pone el sol): los extraterrestres no la rascan, se resisten a meter su divina espinilla y son tan majos con los rivales que parecen una embajada volante de Unicef. En tiempos de fichas locas y agujeros negros en los balances, el alegato fieramente humano de Salgado nos reconcilia con el fútbol: la suma de millones no garantiza el éxito. Y ahí radica la gracia deportiva (y la tolería económica) del nuevo opio del pueblo.