CULTURAL. Resulta complicado entender a los vascos cuando hablan de derechos históricos del pueblo vasco, como si los demás no tuvieran patrimonio histórico. Resulta complicado entrar en su mundo cultural, viejo y arraigado, que convierte un idioma en instrumento para diferenciarse y afirmar su condición de nación. Resulta complicado ponerse de acuerdo con sus ideólogos a la hora de explicar palabras como: paz, violencia, diálogo, democracia, derechos, o incluso, quiénes son los sujetos de los derechos fundamentales (pueblo o personas). Imagino las discusiones en el seno de la Iglesia universal para entender el precio del cese de la violencia que asesina al disidente con la doctrina para la construcción nacional del Estado vasco, sostenida por religiosos nacionalistas como Setién. Hace años que sabemos de la instrumentación educativa e informativa del conflicto entre los vascos y los españoles, en el seno del sistema que forma a los jóvenes ciudadanos vascos. Cuando nos relacionamos con vascos nacionalistas, descubrimos que son: encantadores, hospitalarios, generosos, ilustrados, emprendedores. Todo va bien, hasta que surge la discusión sobre las razones del conflicto con España. Se va transformando el interlocutor hasta descubrir a una persona «iluminada y dogmática», capaz de ilusionarse y emocionarse con el sueño de la soberanía. A pesar de haber viajado por el mundo haciendo negocios, siguen considerándose distintos a los demás y de alguna manera contraria a la mistura de las razas. Sólo entendiendo cuestiones como éstas nos podemos aproximar a las razones por las que: siguen considerando a Sabino Arana como un precursor profético; se sienten emocionados con Ibarretxe, al que cada día ven más como el hombre que estaban esperando para emprender el camino de la soberanía en la nueva Europa; sus héroes son esos patriotas (abertzales) que para los demás son terroristas; son capaces de responder, como lo hicieron, en las últimas elecciones vascas del 2001, en cantidad y sentido de los votos. Mal asunto, enquistado, en el que «su lendakari» lleva la iniciativa y actúa como el guía del pueblo elegido hacia la tierra prometida. Suponiendo que el Estado de derecho pueda detenerlos, será difícil someterlos y casi imposible convencerlos. Necesitamos, en Euskadi, una revolución cultural y otra generación.