¡No sólo el lendakari tiene ideas!

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

IMAGINEMOS que Ibarretxe fuera un político normal. Sí, un político que reivindica sus ideas asumiendo como punto de partida de su acción en defensa de las mismas que no podrá verlas realizadas de no contar con el apoyo necesario para ello. Es decir, imaginemos que fuera lo que habitualmente llamamos un demócrata. ¿Qué ocurriría en tal supuesto? Pues que Ibarretxe reconocería que, por mucho que le guste a él y al PNV, su plan soberanista no tiene ninguna posibilidad de prosperar, porque tal cosa exigiría que estuvieran dispuestos a aceptarlo por las buenas quienes han demostrado estar decididos a que nadie se lo imponga por las malas. Tal negativa, heroica vistas las inicuas condiciones de violencia en que sus partidarios han debido mantenerla, sólo le parece, sin embargo, al lendakari una muestra de la incapacidad para el diálogo de los malos vascos y de los españoles (términos, según Ibarretxe, equivalentes) que rechazan su proyecto. La perversión del lenguaje apenas esconde una, peor, de la idea democrática: pues la misma mayoría que es para Ibarretxe inobjetable cuando la tiene a su favor, le resulta una inaceptable imposición cuando está lejos de obtenerla. El lendakari carece hoy de la mayoría absoluta necesaria para que el Parlamento Vasco apruebe la reforma estatutaria, aceptado, claro, que su plan sea tal cosa y no, como es, una simple voladura del Estatuto de Guernica. Pero es posible que poniendo a los vascos ante el chantaje del fin de la violencia pudiera Ibarretxe obtener la mayoría que hoy no tiene. En tal caso, Ibarretxe proclamaría de inmediato que la voluntad del pueblo debe ser respetada por todos los demócratas. De poco valdrá entonces recordarle que las reglas del juego no son esas, y que cualquier reforma estatutaria ha de ser aprobada también por las Cortes Generales, exigencia sin la cual la unidad de España, proclamada en la Constitución, sería sólo una quimera. Ibarretxe, sabedor de que nunca contará con ese apoyo, optaría por aplicar entonces un principio opuesto al previamente proclamado: y la voluntad del pueblo pasaría a ser así una mera imposición. Con ese aire infantil, de niño que no está dispuesto a que le nieguen sus caprichos por impertinentes que aquéllos puedan ser, Ibarretxe lo explicaba muy bien hace unos días: «No se puede pedir a nadie que retire sus propuestas, sus ideas», decía en defensa de las suyas, olvidando, claro, que esa aceptación obligaría a renunciar a sus ideas a, cuando menos, la mitad de los vascos, y a la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles. Pero para entender eso habría que ser un político normal. Vamos, un demócrata.