El palestino que jamás aprendió a odiar

Félix Soria

OPINIÓN

26 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

LA TRAYECTORIA vital del palestino Edward Said, que falleció en la madrugada de anteayer en un hospital neoyorquino, es harto representativa de los avatares de su etnia. La personalidad de Said contradice las verdades de cartón piedra que proclaman los tópicos con los que ciertos occidentales catalogan a los palestinos. Era un hombre universalista, culto y viajado. ¿Nacionalista? Sí. Pero sin derramar lágrimas de cocodrilo. Sin victimismos. Por su formación académica y también por mor de sus actitudes -conocer era su verbo preferido-, llegó a ser un experto en cultura anglosajona. Quizá como fruto de ese mestizaje intelectual, Said también se distinguió como precursor de la concordia y, por extensión, de la paz. Aunque la paz que él auspiciaba carecía de renuncias, lo que le reportó periódicos conflictos en la Universidad de Columbia, donde difundió su saber hasta hace escasos meses. Said jamás gozó de excesivas simpatías en ningún bando, al margen de que su origen e identidad concitara querencias árabes en general y, a la par, absurdos y en ocasiones xenófobos rechazos entre sus vecinos estadounidenses. Said nació en la Jerusalén de 1935, cuando Medio Oriente era un mosaico de geografías colonizadas, casi todas bajo administración británica. Pero ya adulto, la persona, el filólogo y el humanista maduraron y sobrevivieron lejos de su país de origen, casi siempre en Estados Unidos, donde se graduó en Filología Inglesa en 1957, en Princeton, y se doctoró en 1964, en Harvard. No era, pues, un antinorteamericano militante, extremismo del que cíclicamente ha sido injustamente acusado. Fue un leal -aunque a veces incomprendido- defensor de los derechos de los palestinos como ancestrales pobladores de gran parte del territorio que hoy forma parte de Israel. Sin embargo, Said nunca negó que los judíos forman parte del pasado y deben formar parte del futuro de la región. Sus posiciones eran difíciles de mantener en un escenario político trufado de maniqueísmos. Palestinos y judíos han perdido a un aliado infravalorado y a un enriquecedor contrincante.