ENTRAMOS en el otoño como salimos del verano: sudando. Queda todavía un reflejo de los días largos, de la memoria feliz del estío, pero inevitablemente este tiempo comienza a ser un tiempo de vísperas. En el horizonte se deja entrever el otoño, que se cobija en las copas de los árboles, cuando ya se anuncian los frutos del castaño y del nogal, y en el paisaje están a punto de brotar los colores dorados del otoño. Después del San Campio, las fiestas mateas, el nazareno, o la virgen de Guadalupe, están por venir las últimas fiestas del calendario gallego. Lugo proclama la larga semana de san Froilán, en honor de un santo antiguo y leonés que amansó un lobo y viajó con un burro. Lugo, que tiene un día dedicado a las mozas y que antes coincidía con la culminación de unas ferias y fiestas populares cuando lo popular se traducía por enxebre, convoca con el reclamo del pulpo y la parranda a celebrar la despedida del verano cuando el otoño ya baja por las cuestas. Son unas fiestas tradicionalmente muy afamadas y que gozan de gran renombre entre las parroquias y los parroquianos de buena parte de la Galicia interior y aun de la establecida a orillamar del Cantábrico. El alcalde de la ciudad del Sacramento, denominación por la que en otro tiempo era conocido el viejo campamento romano, es socialista y buen tipo y anda vendiendo las fiestas como un argumento que ratifica que también la jarana, la diversión y la fiesta pueden en buena lid ser patrimonio de la humanidad como ya lo es la muralla luguesa. Las fiestas patronales y municipales son una baza política. Una adecuada programación festiva también se puede traducir en votos para los próximos comicios. Unas buenas fiestas ponen nerviosos a los miembros de la oposición, bien sean populares o del benegá, o de la honorable oposición aragonesa, pongo por caso, que asimismo el alcalde socialista de Zaragoza, ciudad con otra de las penúltimas fiestas de la temporada, envía a prensa y amigos una llave bermeja que según reza la carta que la acompaña abre las puertas de las fiestas del Pilar. Lugo y Zaragoza están unidos por un pasado común y el mismo augusto apellido que le dieron los césares de Roma, y ambas ciudades tienen ahora mismo un alcalde socialista. Y está muy bien reivindicar y vender la ciudad en fiestas, mucho mejor cuando éstas tienen un diseño integrador y se conciben para el disfrute de todo un pueblo. Este año no iré a san Froilán, pero recordaré con placer otras fiestas pasadas, algún domingo das mozas y la sorpresa infantil y adolescente de Barriga Verde o el teatro Argentino. Tampoco viajaré a Zaragoza, pero me siento convocado y atraído por ambas ofertas, y felicito a los dos munícipes por abrir una nueva puerta en las murallas e invitar desde Madrid a los forasteros para que hagan suyas las próximas jornadas festivas. Después vendrá, ya sí, el otoño, y las ciudades y los pueblos se cerrarán como se cierran las ostras hasta que la primavera reinaugure el ciclo festero y el invierno salga una vez más derrotado. Queda en mi país una última llamada al asueto y la holganza. En Mondoñedo ya andan preparando las san Lucas, acaso la última de todas las fiestas del país de los gallegos. Pero esa es otra historia. Cada vez proliferan más en los telediarios noticias luctuosas que resultan desagradables. Es algo que siempre se dio, pero ahora tenemos las imágenes en la televisión el mismo día de los hechos. No deja de ser molesto estar con los hijos pequeños y tener que soportar estas sangrantes imágenes. En ocasiones da la impresión de que se detienen más tiempo del debido en mostrarnos las miserias humanas. Están convirtiendo los telediarios en página de sucesos; me recuerda a aquel semanario que se editaba antaño, El Caso , que tenía buena audiencia entre los amigos de truculencias. Pienso que las diferentes cadenas deben tener buenos profesionales que nos ofrezcan noticias con mensajes variados, pero con un contenido cultural, ameno, distendido, político, económico, deportivo, etcétera, pero que nunca se queden con la noticia fácil para salir del paso y justificar un sueldo. A Coruña. Hace apenas unos días se anunciaba a bombo y platillo a través de todos los medios de comunicación que el consumidor tendría más garantías en compras y reparación de diversos artículos. La noticia era interesante pero bastante irreal. Hace unos meses llevo a arreglar a un servicio técnico oficial un aparato, pido presupuesto y lo acepto. El aparato no funciona (es un Thermomix, cuya función básica es calentar). Dicen que necesita una resistencia. Cuando lo devuelvo al servicio técnico, vuelven a darme otro presupuesto (todo esto sucede en unos días). No lo acepto porque entiendo que la reparación, lógicamente, no está hecha y no pueden volverme a cobrar, ya que he solicitado un chequeo y presupuesto el primer día y recogí el aparato sin reparar. Hago la reclamación al Instituto Galego de Consumo, y después de ¡ocho meses! (en la publicidad alegan rapidez), me citan en Santiago y deciden por unanimidad que vuelva a pagar por un aparato que no funciona y cuya factura fue de 89,90 euros. Ocho meses de espera, media mañana perdida; el mensaje es el siguiente: usted, consumidor, está y seguirá estando tan desprotegido como siempre, y con el beneplácito del Instituto Galego de Consumo. María Dolores Álvarez Paz. A Coruña.