Explotación de menores

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

24 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE unos días, coincidieron en televisión dos asuntos relacionados con niños: el inicio del nuevo curso escolar y la presentación, a bombo y platillo y en hora estelar de la televisión pública, de un concursito de niños y niñas con dotes artísticas, para seleccionar al representante español en el festival Eurojunior 2003 . Las televisiones europeas, coaligadas en la mejora de la calidad y el acercamiento cultural (¿) en el Viejo Continente y preocupadas, sin duda, por las nuevas generaciones de europeos, acuerdan reunir a los monstruitos más habilidosos en un festivalito que es un remedo del muy prestigiado gran festival de Eurovisión, que cada año reúne a los más hábiles acróbatas de la canción moderna. El oportunista pretexto de Eurojunior 2003 ha llenado de nuevo la célebre escuela de Operación Triunfo, con unas 15 criaturas, seleccionadas nada menos que entre 3.000 aspirantes, que se esfuerzan en imitar a sus ídolos mayores en todo: saltos, movimientos de culitos, exhibición de ombliguitos, gestos y demás aspavientos del Bisbal, la Chenoa, el Bustamante, la Beth y demás celebridades del popular invento. El caso es que los 15 pequeños fueron presentados, en una larguísima gala, en una edición mini de la famosa Operación Triunfo, y para que no faltara de nada, actuó como maestro de ceremonia el desenfadado presentador Carlos Lozano. Fue un espectáculo con el mismo guión: saltos, pasos de bailes, canciones archisobadas, que, en honor a la verdad, los pequeños representaban con evidente calidad, bajo la atenta mirada de los simpáticos profesores de la célebre cuadrilla de la escuela de los prodigios. Y todo ello para mayor gloria de los promotores y de la televisión pública, siempre tan receptiva para los asuntos culturales y formativos. Pero volvamos al principio. Cuando miles de niños y niñas vuelven a sus escuelas con la ilusión renovada de aprender a vivir, en un plató de la televisión pública unas cuantas criaturas aplazan sus estudios porque alguien ha decidido por ellos que es más importante aprender a ser famosos, saltándose los peldaños naturales del aprendizaje, que la Historia o la Gramática. Al mismo tiempo que todos los niños -menos estos 15- abren sus nuevos libros, que huelen deliciosamente a tinta de imprenta, y empiezan a descubrir nuevos horizontes del conocimiento, los pequeños monstruos de la canción viven una aventura irreal de la que sacarán más decepciones y lágrimas que provecho, porque la fama de estos niños es efímera por muchas dosis de televisión que les metan. Por supuesto, los padres de esos niños y los productores de estos programas no piensan de manera tan negativa. Para los primeros, sus hijos son un filón de fama y dinero, por la gracia de Dios, y hay que explotarlo sin escrúpulos. Para la televisión, la utilización de estos niños y niñas, forma parte del guión general de la mediocridad que, en este caso, sirve para calentar el gran negocio de la Operación Triunfo y el posterior de Eurovisión, en complicidad, aún mas culpable, de los padres quienes, cegados por el egoísmo, permiten que exploten las ilusiones de estas criaturas como teloneros de una fama engañosa y ficticia.