CUANDO yo comencé la carrera de Derecho, Santiago era aún sólo un pueblo grande, que, como otros, tenía también sus personajes pintorescos: las Marías, todo carmín, fingimiento y colorines; Franco del Carro, mitad clochard y mitad poeta surrealista; o un tal Casal, quien actuaba con un loro que corría por Juanito. El loro, que según se fabulaba en Compostela había seguido en Cuba a los mambises, obedecía las indicaciones de su amo cuando aquél, mirando hacia un columpio de juguete, le ordenaba: «¡Sube para arriba, Juanito!». Pero si el pajarraco no subía, Casal lo conminaba a someterse con recia seriedad («¡Que te digo!»), con lo que el insurrecto (por desobediente y por mambí) iba y, ¡tras!, se columpiaba. Era admirable, pueden creerme, aquel tierno entendimiento entre Casal y su lorito. Recordé el lunes ese recorte del siempre añorado período de mi educación sentimental leyendo en La Voz el breve diálogo mantenido por Baltar y por Cuiña con ocasión de la fiesta del PP celebrada en el Monte do Gozo santiagués. Salvadas todas las distancias, y dicho, claro, con el máximo respeto, también Baltar pidió a Cuiña que subiese («¡Sube, Pepe!»), y también Cuiña, por lo pronto, se negó: «¡Non subo, non!». ¿Hablaban el mismo lenguaje, al cruzar esas palabras, el lalinés y el ourensano? ¿Quería Baltar que Cuiña subiera al escenario o quería que subiera en todos los sentidos ? ¿Se negó Cuiña simplemente a montarse en el estaribel de autoridades, o se negó a subir con carácter general ? ¡Aí che está o carallo!, como dirían en mi pueblo. Sí señores, ahí mismito, pues lo que nadie sabe todavía es lo que dicen sobre la sucesión de Fraga los que pierden. Sabemos lo que afirman los que hoy están, según diría mi padre, en la vara alta del poder: que la sucesión de Fraga va para bastante largo, al parecer; y que llegado el momento, el patrón decidirá. ¿Y los de la vara corta? ¿Se quedarán, como si tal cosa, tan tranquilos? Ya veremos. ¿No les estará pasando a las distintas facciones del PP lo que el otro día le sucedía, según mi hermano Juan me lo contó, a una pareja de franceses que en un bar de a Illa de Arousa se tomaban unas tapas? Tras soportar la cháchara cruel de la mujer del tabernero, este último preguntó a los pobres galos si querían tomar postre, a lo que uno de ellos comentó para sí mismo: ¡« Ah, le dessert (el postre)»! Ni corta ni perezosa, la charlatana mujer del tabernero creyó entender algo distinto y gritó rauda a su marido: «Que lo desean, Manuel, que lo desean». ¡Menudo error!: pues una cosa es ofrecer postre y otra muy distinta desearlo. Y no digamos ya cuando se trata del postre -¡sólo del postre!- del poder.