SEGÚN los responsables del programa, a la hora de hacer el casting para Gran Hermano , han tenido 100.000 aspirantes. Estos no pueden decir como los espectadores del espacio que pasaban por allí, que llegaron en un zapeo o cosas por el estilo. Cabe suponer que son todos los que estaban en las pruebas, pero no están ni mucho menos todos los que habrían querido estar. Que si sumamos tullidos, enfermos, ocupados con tarea inaplazable, tímidos, demasiado jóvenes y excesivamente viejos con voluntad todos ellos de ser protagonistas del programa, duplicarían o triplicarían, cuando menos, el número de voluntarios. Son legión, en consecuencia, los dispuestos a sumergirse en la telebasura, los que pretenden lograr dinero fácil sin importarles lo que tienen que hacer, aquellos que aspiran a unas horas de lo que califican de gloria televisiva a cambio de arrinconar el pudor y perder la intimidad, quizá para hacerse un nombrecito que por lo visto en sus predecesores sólo se puede rentabilizar en cualquier lodazal televisivo. Estos 100.000 y no sé cuantos hijos del mal gusto, buscarán adictos que luego tendrán una variada oferta para el consumo: desde Salsa rosa hasta A tu lado , pasando por no sé qué del tomate, Tómbola e innumerables ejemplos más. En este contexto, un socialista gallego, Antón Louro, secretario de Organización del PSdeG-PSOE, presenta una iniciativa en la cámara parlamentaria del Hórreo para que la TVG se preocupe de la cultura y cumpla los compromisos a los que le obliga el Estatuto de Autonomía. El buen Louro se ha quedado corto: podría pedir en todos los parlamentos del país algo semejante. Punto arriba, punto abajo, le petición serviría en todas partes. Lamentablemente, las televisiones públicas y las privadas vienen haciendo más de lo mismo, con ligeros matices. Con la diferencia, en el caso de las públicas, de que tienen una obligación más rigurosa que la puramente ética de las privadas, y además nos cuestan un dineral.